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Agenda financiera vs. el discernimiento católico: Revisitando Inter Mirifica ante la manipulación mediática en la tecnoera

Con base en el Decreto Inter Mirifica del sagrado Concilio Vaticano II, examinaré la comunicación social como práctica voluntaria constitutiva de la conciencia moral, y su manipulación financiera a través de los medios de comunicación social para interferir en el discernimiento social.

El primer documento conciliar fue promulgado por el Papa Pablo VI y los Padres Conciliares el 4 de diciembre de 1963. Este decreto sobre los medios de comunicación social comienza diciendo: “Entre los maravillosos inventos de la técnica (…) la madre Iglesia acoge y fomenta con especial solicitud aquellos que atañen especialmente al espíritu humano y que han abierto nuevos caminos para comunicar con extraordinaria facilidad noticias, ideas y doctrinas” (n.1). Sin embargo, advierte que, si bien los medios de comunicación pueden “contribuir eficazmente a propagar y fortalecer el Reino de Dios … también los hombres pueden volver estos medios contra el plan del divino Creador y utilizarlos para su propio perjuicio” (n.2). ¿Cuál es la lógica de este giro diabólico?

Es la lógica de la distorsión. Sabemos que, por la gracia de la virtud teologal de la fe, principio constitutivo de la conciencia cristiana, emerge la confianza en la humanidad como garantía de un “estilo de vida con sabor a Evangelio” (Cf. FT 1). Esa confianza es una comunicación amorosa, efectiva y eficaz, entre personas y comunidades. Sabemos también que ese estilo de vida, que secularmente podría denominarse cultura democrática, hoy está amenazado por una manipulación mediática de la fe en Dios y de la confianza en la comunidad. Dicha manipulación distorsiona la prédica evangélica disociándola del magisterio conciliar y pontificio. Así, el discernimiento social evangélico capaz de diferenciar el buen Espíritu de los malos espíritus que guían la voluntad a tomar decisiones se distorsiona, no por la tecnología -sobre la cual no es pertinente hacer juicios éticos-, sino por la ideología, sobre la cual sí cabe el juicio ético.

La distorsión es manipulación ideológica de lo teológico, al punto que lo malo (eidos) se presenta a la voluntad bajo especie de bien (teos), para manipular. Por ejemplo, el Papa Francisco en su homilía del 12 de diciembre de 2023homilia del 12 de diciembre de 2023 en ocasión de la misa de Nuestra Señora de Guadalupe, llama fuertemente a “no ideologizar a la Madre”. Cuando la manipulación ideológica se apodera de la lógica de la comunicación, la misión de “predicar el Evangelio tocando la carne sufriente de Cristo en el Pueblo” – como dice el artículo primero de la nueva Constitución de la Curia Romana, Praedicate Evangelium se distorsiona, provocando un efecto esclavizador antes que liberador. Otro ejemplo de eso es la prohibición de utilizar el concepto de ‘justicia social’ en medios católicos por considerarlo ideológico y no teológico.

Según el decreto, los medios de comunicación social pueden colaborar con “la misión de predicar el mensaje de salvación” (n. 3), siempre y cuando se haga de estos un “recto uso” de acuerdo con “las normas del orden moral”. Sin embargo, advierte que, debido a la “naturaleza propia de cada medio, es decir, su fuerza”, las personas sin preparación “difícilmente sean capaces de advertirla, de dominarla y, si llega el caso, de rechazarla” (n. 4). ¿De dónde proviene esa fuerza motora?

Ignorar esta pregunta constituye una amenaza a la unidad de la Iglesia y de la democracia. Los actores de la comunicación no son solo productores y consumidores, también lo son quienes la financian. El decreto reconoció hace décadas que “la opinión pública ejerce un poderosísimo influjo en la vida privada y pública de los ciudadanos de todos los sectores” (n. 8). Por eso pone el foco en los destinatarios, pero también advierte sobre la “colaboración con empresarios que manejan estos medios con móviles exclusivamente económicos” (n. 9.a). El peligro ya estaba anunciado: ¡no es la tecnología, es la financiación!

Eso requiere observación, discernimiento y acción, sobre las fuerzas motoras financieras de la comunicación social, antes que sobre los contenidos. Ignorarlas atenta contra la dignidad humana si estas afectan el discernimiento. Esto ocurre cuando la razón mediática exhibe a la voluntad para su discernimiento lo malo como bueno -tal como lo explica Kant en La Crítica del Juicio. Por ejemplo, hoy no existe campaña política que no esté centrada en una moral bioética religiosa. Los tiempos en que los candidatos prometían derechos civiles y sociales han llegado a su fin. Al contrario de lo que sostiene Carl Schmitt en su Teología Política,[1] pienso que todos los conceptos políticos han sido teologizados.

Los cambios de época son consecuencia de saltos tecnológicos cualitativos. Sin embargo, no tiene la tecnología aún la capacidad de provocar un cambio antropológico -tal como lo presenta Bernard Stiegler. Estamos a tiempo de recuperar el juicio estético que constituye el discernimiento social, hoy prisionero de una comunicación mediática, sofisticada y financiada, que exhibe a la conciencia lo malo como bueno.

El fin de la ética teológica es reconciliar antes que condenar, y eso supone desacralizar para evitar la idolatría como causa de pecado social. Estimular la religión como culto puede abonar el terreno ideológico que lleva a predicar falsas verdades. La teología católica es más que una religión. El decreto dice que los destinatarios tienen “la obligación de informarse a tiempo sobre los juicios que sobre estas materias emite la autoridad competente y de seguirlos según las normas de la conciencia”, al punto de “poder oponerse”, y de “formar su conciencia con las ayudas adecuadas” (9.b).

Poco o nada se escucha hablar de la responsabilidad ética de quienes financian los medios de comunicación social. Los teólogos estamos distraídos con la Inteligencia Artificial, a la cual vemos como “tremenda y fascinante”, atributos de los absolutamente Otro -es decir Dios-, en términos de Rudolf Otto. .[2] Ahora bien, si acordamos, por principio de fe, que una conciencia cristiana, a imagen y semejanza del Dios Uno y Trino con sus procesiones o comunicaciones intratrinitarias, se conforma a partir de relaciones de comunicación, entonces puede observarse que la realidad socio-cultural se constituye de dos modos: por relaciones de comunicación amorosas que generan amistad social y reconocimiento legal y económico, como señala el Papa Francisco a lo largo de toda la encíclica Fratelli Tutti; o por relaciones de comunicación odiosas que generan enemistad y desconocimiento. La primera modalidad genera unidad, por eso es simbólica; la segunda división, por eso es diabólica.

El factor constitutivo de la conciencia es la comunicación, por eso la ética teológica no puede descuidar ese campo minado con dispositivos financieros; responsabilidad moral que corresponde s también al “poder público (que), mediante la promulgación de leyes (…) debe regular el cumplimiento o mal uso de estos medios” (12.b). Ignorar la fuerza motora de la comunicación es un grave problema para el discernimiento social. Por el contrario, se trata de seguir el flujo financiero que sostiene los medios de comunicación social. Por ejemplo, si un medio es reaccionario a la ecología integral, es probable que esté financiado por empresas extractivistas. Interesa saber qué empresas sostienen con pauta publicitaria ciertos medios, y qué discursos posicionan con ese financiamiento hasta asaltar el recinto sagrado de la conciencia donde reside el sensus fidelium que permite el discernimiento. Entonces: ¿Manipulación ideológica o acoso a la fe?

Francisco nos dice en el primer capítulo de Fratelli Tutti cómo se “toma el alma”: primero la atemorizan con noticias falsas; luego la aíslan hasta volverla vulnerable; por último, la acosan a través de sus “falsas místicas de salvación comunitaria” (FT 28).

Ante esa realidad, Inter Mirifica señalaba que “todos los hijos de la Iglesia” tienen que procurar que los medios se utilicen eficazmente anticipándose a las “iniciativas perjudiciales” (13.a). Efectivamente los medios instalan un credo. ¿Cuál credo? Muchas personas de fe padecen acoso mediático cuando los medios religiosos, a nombre de una supuesta verdad absoluta que ellos custodian, debilitan la fortaleza de su conciencia. Cuando el decreto dice “foméntense con todo interés las emisiones católicas”, para “empaparse de las verdades religiosas” (14.c), no sabía que, en la era de la virtualidad, cualquier pastor o laico narcisista, con independencia de su obispo, hablaría con autoridad y alcance global a nombre de la verdad, recibiendo financiamiento como influencer. Mientras algunos en Toledo rezan públicamente por la muerte del pontífice, otros en Buenos Aires rezan por la vuelta cristera. Esto perjudica mucho la misión digital de buenas intenciones.

Inter Mirifica llamó a “preparar con esmero críticos” (15.b). La búsqueda de la verdad, tarea de la filosofía, parece haber sido abandonada. ¿Habrá abandonado también la teología la verdad encarnada que es Jesucristo? También advierte que los católicos “tienen la obligación de sostener y ayudar a los medios (…) en las cuestiones económicas” (17). ¿Qué verdad están defendiendo hoy los grandes donantes billonarios católicos?

El decreto sugirió incorporar “expertos de las diferentes naciones” para una regulación ética ya que “la eficacia de estos medios traspasa los límites de las naciones”.  Con la virtualidad, esos límites nacionales fueron reconvertidos en puentes idiomáticos. Por ejemplo: ¿Cómo frenar en España un influencer que opera desde Ecuador con financiamiento de Estados Unidos? ¿Quién es el obispo responsable? ¿Deberá configurarse también la jurisdicción eclesial?

Todas estas preguntas llevan a concluir que la comunicación es algo más que una reflexión ad-hoc. Es responsabilidad católica sobre la realidad virtual en el siglo XXI como punto de partida para la unidad que nos pide el Papa León XIV.

[1] Carl Schmitt, Teología Política, Editorial Trotta, Madrid, 2009.

[2] Rudolf Otto, Lo sagrado, Editorial Claridad, Madrid, 2008.