“Denles ustedes de comer”
Jesús de Nazaret
En este mundo lacerado por la crisis ecológica, la injusticia social, la guerra “en pedazos”, el neocolonialismo, el asedio a la democracia como estilo de vida y la falta de ética en la revolución de los algoritmos, el Papa Francisco, verdadero apóstol de la paz y de la no violencia activa, nos convoca en este Jubileo del primer cuarto del siglo XXI a una amplia “alianza social para la esperanza” (Spes non confundit 9).
En este trabajo me interesa destacar las propuestas de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) o Discernimiento Social de la Iglesia o “Escuela Vaticana”,[1] en materia de fraternidad y desarrollo humano integral y sostenible, de los pueblos, especialmente de los pueblos pobres, y de los pobres mismos. Al mismo tiempo, en sintonía con lo anterior, considero pertinente abordar la cuestión de la creación y distribución de la riqueza. Antes de continuar, resulta fundamental tener presente que la DSI no es ideología (en el sentido arendtiano del término, es decir, “lógica coactiva de la idea”), sino teología, concretamente, teología moral social. Este es su estatuto epistemológico.
A partir de estos señalamientos, voy a sostener que para el Papa Francisco la paz es fruto de la fraternidad y la organización comunitaria por justicia social. Aclaro que en esto hay continuidad y cambio respecto a sus predecesores: para Pío XII, elegido prácticamente en las puertas del estallido de la Segunda Guerra Mundial, el lema era Opus iustitiae pax (“La paz, obra de la justicia”). Para Juan Pablo II, como quedó plasmado en la publicación del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, la consigna era Opus solidaritatis pax (“La paz, obra de la solidaridad”). A partir del actual Magisterio Social Pontificio, podemos decir entonces que Francisco retoma estos postulados pero los actualiza en clave de fraternidad y organización comunitaria, según adelanté.
La “Escuela Vaticana” hasta antes de Francisco: posicionamiento público según la evolución de la “cuestión social”
En una apretada síntesis y siguiendo la identificación de tres grandes etapas en la historia de la DSI, según postulara el recordado estudioso Gerardo Farrell, señalo que la “Escuela Vaticana” surgió en 1891 con León XIII, a partir de la publicación de la célebre encíclica Rerum Novarum. Cabe recordar que este pronunciamiento desde el más alto nivel del Magisterio de la Iglesia, se dio como respuesta a la llamada “cuestión social”, producto de las consecuencias sociales que iba dejando la Revolución Industrial, sobre todo en los países de un capitalismo avanzado para la época. De esto da cuenta la monumental novela Los Miserables Victor Hugo (1862), si bien constituye un tratado religioso más que sociohistórico, como lo considera fundadamente Mario Vargas Llosa en La tentación de lo imposible. Desde aquel momento y hasta 1958, año del fallecimiento de Pío XII, la cuestión social (y con ella la DSI) tuvo un carácter marcadamente socio-económico. Además, su método partía de lo deductivo hacia lo empírico.
En los pontificados de Juan XXIII y Pablo VI, no sólo tocó responder a la expansión de la cuestión social a escala planetaria (con el impulso a la carrera espacial en medio de la Guerra Fría y las discusiones sobre la natalidad), sino también a un giro metodológico: de lo empírico a lo deductivo, o, como lo plasmará Juan XXIII en el número 236 de la encíclica Mater et Magistra, el método ver, juzgar, actuar. Es decir, partimos de la realidad tal como es, no de las ideas que tenemos sobre ella. La renovación que supuso el Sacrosanto Concilio Vaticano II y su llamamiento a discernir los “signos de los tiempos” enfatizó esa reorientación pastoral. Ahora bien, en esta etapa, si pensamos por ejemplo tanto en los convulsionados años 60’ y 70’ (con las protestas de trabajadores y estudiantes, como el Mayo Francés o el Cordobazo en Argentina o los reclamos por los derechos civiles en Estados Unidos, también con el movimiento de descolonización en África y Asia), el mundo estaba partido en cuatro bloques: el capitalismo en Occidente, el comunismo en Oriente y, a la vez, una línea más sutil pero real que separaba al Norte desarrollado del Sur subdesarrollado. O, dicho en categorías de parte de la teología y la filosofía surgida en y desde América Latina, el Sur dependiente, cuyos pueblos anhelaban la liberación del dominio de los centros de poder del Norte.
En este contexto se expandirá por todo el mundo y paulatinamente la obra de amor operante de una mujer, la Madre Teresa de Calcuta, entre “los más pobres de los pobres” en los cuales veía a Cristo oculto “bajo un angustioso disfraz”.
A partir de la elección de Juan Pablo II en 1978, la DSI se preocupará por los fundamentos antropológicos de los problemas de la cuestión social. Para el Papa polaco, la preocupación estaba en corregir la visión que de la persona humana nos legó la modernidad, valorando la infinita dignidad del hombre y la mujer, en tanto imago Dei. Por eso, en la única encíclica dedicada íntegramente al trabajo, Laborem exercens (1981), se destaca el carácter subjetivo del mismo (quien produce) por sobre el carácter objetivo (lo que se produce). Es decir, la persona del trabajador se pone en el centro y participa del misterio de creación y de redención. Así, “el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social”.[2]
Con la caída del Muro de Berlín en 1989 parecía que la historia llegaba a su fin, según se había vaticinado equívocamente. Si bien reconocía la nueva realidad, signada por el triunfo de la economía de mercado, la “Escuela Vaticana” no dejaría de advertir sobre los peligros de convertir en ídolos al mercado y al dinero. Muestra de este infausto devenir fue el estallido de la burbuja financiera en 2007-2008, que merecería la reflexión de Benedicto XVI reimpulsando la necesidad de un desarrollo humano integral, con su encíclica Caritas in Veritate (2009), evocando la encíclica Populorum Progressio de Pablo VI (1967).
Francisco: la importancia de la fraternidad y la organización comunitaria de los excluidos
Desde la elección del Santo Padre en 2013, la etapa antropológica de la DSI se complementa, según los teólogos Agustín Podestá y Sabrina Marino, con la centralidad de la ecología integral y de la fraternidad, óptica desde la cual el Obispo de Roma expresa su cercanía por “los miserables” o “los más pobres de los pobres”. Lo manifiesta el mismo nombre que eligió, por primera vez en la historia del Papado: Francisco, por il poverello de Asís, el Alter Christus (Otro Cristo), del cual se conmemoran los ocho siglos de sus místicos estigmas y la composición del precioso Cántico de las Criaturas. Con su nombre, Francisco de Roma expresa que se hace cargo de la opción preferencial por los pobres, según la intuición profética (e incluso martirial) de la Iglesia en América Latina, a partir de las Conferencias de Medellín (1968) y Puebla (1979). Pero corresponde hacer notar que el Papa agrega a esta opción la preposición “con”, como ha dicho varias veces Emilce Cuda, especialista en teología moral social. Es decir, optar “con” los pobres es optar “con” los migrantes y refugiados, los descartados, los trabajadores mal remunerados y con derechos vulnerados, las mujeres y los niños abusados y postergados, los presos, etcétera. En definitiva, aquellos a quienes la sociedad hedonista, consumista y exitista, considera como descartados, como los leprosos de nuestro tiempo. Por eso, en Evangelii Gaudium (2013) el Papa toma nota de la delicada realidad actual: “Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes»”.[3]
Esta opción que el Papa propone a toda la Iglesia, a la luz del Evangelio y de la Tradición, será reforzada en el actual Magisterio Social Pontificio, en el cual, según el economista y filósofo Rafael Tesoro, se pueden rastrear algunas pistas de lo que componen el carisma franciscano (los pobres, la ecología, la fraternidad). Así, en Evangelii Gaudium Francisco nos dice que “esta economía mata”, sobre todo a los más pobres.[4] En Laudato Si’ nos plantea que está aconteciendo una crisis civilizatoria socio-ambiental, que demanda escuchar el clamor de la tierra y el clamor de los pobres.[5] En Fratelli Tutti propone, en una lectura no acrítica de los postulados de la Revolución Francesa,[6] tanto una “fraternidad abierta”[7]como una “fiesta de fraternidad social”,[8] junto con ratificar que para la DSI “el gran tema es el trabajo”.[9]
Según hace constar Francisco en la encíclica Dilexit nos, la luz y la profundidad de la mística sacricordiana está detrás de su Magisterio Social, ya que “bebiendo de ese amor [de Jesucristo] nos volvemos capaces de tejer lazos fraternos, de reconocer la dignidad de cada ser humano y de cuidar juntos nuestra casa común”.[10]
Para el Pontífice, en el delicado contexto mundial actual urge entonces a construir puentes de fraternidad (fundada en la filiación divina), asumiendo que “la vida en común” se estructura “en torno a comunidades organizadas”.[11] Tal es el discernimiento evangélico e histórico que realiza el Papa jesuita, cuyo impulso a la sinodalidad dentro de la Iglesia, se proyecta al mundo secular como propuesta concreta de diálogo socio-ambiental para la paz global a partir de la institucionalización de la solidaridad, con los pobres de las periferias en el centro de las tomas de decisiones económicas y políticas. La DSI, que sostiene que el desarrollo humano integral y sostenible es el nuevo nombre de la paz,[12] puede y debe brindar este servicio a la familia humana. Testigos que encarnaron el Evangelio, como Francisco de Asís y Teresa de Calcuta nos recuerdan, esperanzadamente, que “se puede”.[13]
Creación de valor y distribución: bienes para “¡todos, todos, todos!”
Considero pertinente referir en esta última sección las lúcidas palabras de Emilce Cuda que expresan certeramente la posición de la “Escuela Vaticana” sobre un tema crucial:
“El ser humano es co-creador con Dios por naturaleza, y ejerce ese derecho inalienable o dignidad creando valor, es decir, poniendo en práctica su creatividad esencial para crear a partir de lo creado, y/o agregando valor a lo creado, no ganando valor al costo de la creación. Eso lleva directo al problema central de la economía: la teoría del valor. El conflicto social emerge cuando son unos los que crean valor y otros los que acumulan ese valor. La clave sigue estando, desde siempre, en la noción de creación: quien es capaz de crear valor, será como Dios, pero no será Dios. Sin embargo, algunos pretenden la dignidad divina apropiándose del valor creado por otros. (…) Como puede verse, la economía -es decir el nomos, ley o lógica para administrar los bienes de la eco, casa o país-, puede ser de salvación o de aniquilamiento. El Evangelio, la buena noticia que Jesucristo trajo al mundo, es una economía de salvación comunitaria, un modelo de vida, una lógica de cuidado de la vida, para que ‘todos tengan vida en abundancia’, como nos dice el Evangelista Juan (Jn 10, 10). Sin embargo, algo anda mal, y la causa está en el modo de producción y acumulación del valor”.
Algunos, por ignorancia o por malicia, acusan a la DSI o Discernimiento Social de la Iglesia o “Escuela Vaticana” de poner más el acento en la distribución que en la creación o producción de valor. Allí están las acusaciones, podría decirse, desde versiones simplonas y radicalizadas (como la expresada por Murray Rothbard) de posturas que se remontan, por ejemplo, o a Robert Nozick (liberalismo libertario o propietarista) o a la llamada “Escuela Austríaca” de Ludwig von Mises y Fiedrich Hayek, entre otros exponentes. Para tales detractores, el catolicismo social pregona el “pobrismo”, con la defensa de la intervención subsidiaria del Estado y el supuesto combate tanto a la legítima prosperidad como a los derechos de propiedad. Esas invectivas no solamente son falaces sino que incluso no pocas veces son violentas o generadoras de violencia, llevando al martirio -persecución mediante- a muchos hermanos y hermanas que defienden el programa que concretiza el bien común en acciones tendentes al acceso a tierra, techo, trabajo y tecnología, que desde los principios de la DSI Francisco considera, proféticamente, como “derechos sagrados”. Pero la economía no lo es todo, sino que hace falta dar un horizonte de sentido, como expresa el historiador Diego Mauro. Por eso, desde sus orígenes a finales del siglo XIX, la “Escuela Vaticana” asume no cualquier humanismo, sino un humanismo abierto a la trascendencia.
Por lo visto a partir del sucinto recorrido que he realizado desde Francisco, pero también desde León XIII y demás Pontífices, las críticas mencionadas no tienen asidero, puesto que los católicos, desde el Evangelio de la creación y la teología del trabajo, asumimos que el ser humano es co-creador con Dios creador, al tiempo que afirmamos que los bienes creados y desarrollados son para todos y todas, según la justicia social, “principio rector de la economía” que debe ser restaurado (Quadragesimo ano 88). En un contexto en constante cambio, la Iglesia encuentra allí una forma alternativa de creatividad y de distribución solidaria para vencer la desolación violenta de nuestro mundo desde la esperanza, especialmente de los más pobres, organizada comunitariamente.
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[1] Tomo esta denominación del periodista argentino Jorge Fontevecchia (2022), como forma de inscribir a la Doctrina Social de la Iglesia como aporte a la historia de las ideas, por decirlo de algún modo.
[2][2] LE 3.
[3] EG 53.
[4] Cf. EG 53.
[5] Cf. LS 49.
[6] Cf. FT 103.
[7] FT 1.
[8] FT 110.
[9] FT 162.
[10] DN 217.
[11] FT 264.
[12] Cf. PP 76; LS 13.
[13] Cf. EG 183.