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Desarrollo Humano Integral para discernir la inmigración, los populismos y el creciente militarismo en el Caribe

Migración, conflictos, y populismos autoritarios

La región del Caribe y América Latina, en el contexto de la geopolítica mundial contemporánea, experimentan un periodo de cambio acelerado y alta inestabilidad, durante el cual los acuerdos posteriores a la Segunda Guerra Mundial no se cumplen y las instituciones surgidas enfrentan una crisis profunda. La inestabilidad de los gobiernos, los múltiples conflictos a escala planetaria, la crisis climática, entre otros factores, han generado una significativa ola migratoria. Estos migrantes enfrentan persecución y violaciones de sus derechos humanos que afectan su dignidad intrínseca (FT 22, 39). Los populismos extremos, que paradójicamente coexisten con gobiernos formalmente democráticos, prevalecen actualmente. Dichos populismos nacionalistas excluyen la alteridad y responsabilizan a los migrantes por los problemas sociales.

En este momento de “guerra mundial a pedazos”, la región del Caribe y América Latina son parte del juego de ajedrez de la geopolítica mundial, donde ciertos grupos buscan estratégicamente apoderarse de recursos escasos, como tierras raras o carburantes, y controlar tecnologías como la IA, que les garantizarían el poder. Somos testigos de un fuerte aumento de la presencia militar, de presiones económicas que vulneran a los pueblos, e incluso de conflictos recientes en la región del Caribe donde se ha violado el derecho internacional público y privado. Debemos señalar que este creciente militarismo probablemente se agrave con el pronto vencimiento del acuerdo de limitación de armas nucleares entre EE.UU. y Rusia.

Las palabras del Papa Francisco en Fratelli Tutti son muy relevantes: “la historia da muestras de estar volviendo atrás. Se encienden conflictos anacrónicos que se consideraban superados, resurgen nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y agresivos. En varios países una idea de la unidad del pueblo y de la nación, penetrada por diversas ideologías, crea nuevas formas de egoísmo y de pérdida del sentido social enmascaradas bajo una supuesta defensa de los intereses nacionales.” (FT 11)

El Desarrollo Humano Integral Solidario

Esta situación podría inducirnos a la desesperanza y la ansiedad, al pensar que no existen alternativas a los conflictos, los populismos y la dominación de los poderes hegemónicos actuales. Sin embargo, resulta alentador observar cómo en numerosos grupos emerge una conciencia creciente sobre la dignidad humana y la interconexión entre todos y con la Casa Común (LS 42, 89, 92, 220). Es tarea de la teología moral proclamar la Buena Noticia acerca del ser humano y su llamado a constituir su propia realidad personal en solidaridad con los demás y con la Casa Común. Desde la Populorum Progressio, la Iglesia ha reflexionado sobre el principio inspirador del Desarrollo Humano Integral y Solidario, que debe servir como fuente de inspiración y discernimiento frente a lo que el Papa Francisco denominó el cambio de época que vivimos.

Pablo VI nos decía que el desarrollo humano debe ser integral: “promover a todos los hombres y a todo hombre” (PP 14), sin excluir a nadie. El objetivo es desarrollar todas las dimensiones del ser humano sin excluir ninguna: lo orgánico, lo intelectual, la libertad, la capacidad de decisión y acción, las relaciones interpersonales y sociales, la cultura, la relación con la creación y la dimensión de la trascendencia o espiritual. Este desarrollo humano integral y solidario es una vocación de crecer en humanidad (PP 15) por nuestra realidad de ser seres dinámicos e incompletos. Crecemos participando y colaborando en nuestra propia constitución personal y social, en solidaridad y fraternidad universales con los demás (PP 17). Este crecimiento requiere una encarnación de valores en nuestra realidad personal y social que posibilita dicho desarrollo.

Esta encarnación de valores exige que los valores medios o instrumentos que posibilitan el desarrollo integral, tales como la producción, el poder y el desarrollo tecno-científico, estén al servicio de los valores fines o intrínsecos que constituyen el crecimiento hacia una mayor humanidad, incluyendo la vida, la sabiduría, la dignidad humana, el bien común, así como la fraternidad y solidaridad interpersonales e internacionales. El populismo autoritario, como idolatría del poder, es una deformación de la escala de valores en la que los medios se hacen fines y los fines se hacen medios. El valor final no puede ser la concentración de poder en un grupo hegemónico ni la hiperproductividad. Insistimos en que los valores medios son instrumentos que permiten al ser humano ser más humano. Cuando un instrumento se convierte en un fin, se afecta al propio ser humano, sus relaciones y se provocan conflictos. Resulta aún más grave la encarnación de antivalores, como la violencia contra un migrante o la ejercida por un acto militar, salvo en casos de legítima defensa con el objetivo de proteger la vida de una persona o de un pueblo.

Los valores instrumentales, tales como los bienes materiales, el poder y el poder adquisitivo, están al servicio del fin que es el ser humano, su crecimiento y desarrollo (PP 19). En palabras del propio Pablo VI: “La búsqueda exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para el crecimiento del ser y se opone a su verdadera grandeza; para las naciones como para las personas, la avaricia es la forma más evidente de un subdesarrollo moral.” (PP 19). Crecer, ser más, es orientar los valores instrumentales (técnica, recursos económicos, administración, actividad financiera, finanzas, etc.) hacia los valores fines como lo son el desarrollo humano integral, la paz y la justicia.

Otro aspecto fundamental del desarrollo humano integral es el respeto a la libertad como valor fin, tal como señaló Benedicto XVI en Caritas in veritate (CV 18). Este principio se opone a los procesos de manipulación y distorsión promovidos por los populismos y las hegemonías globales.

Un desarrollo humano integral: que sea solidario y fraternal

El desarrollo humano integral no es un proceso individual ni se realiza de manera aislada. Ningún ser humano puede formarse sin la solidaridad con otros, de quienes recibe y a quienes contribuye. Por ello, el otro, especialmente el migrante en situación de vulnerabilidad, debe ser considerado un don (FT 133). El encuentro y el diálogo con el otro permiten la transmisión de riquezas personales y culturales, así como de dones esenciales para el crecimiento personal y sociocultural. Por lo tanto, es necesario considerar no solo las categorías propias de cada nación, sino también la categoría de la familia humana (FT 141). Un desarrollo humano integral y solidario debe promover la paz en lugar de la guerra entre naciones (FT 257). La solidaridad se expresa mediante el servicio, especialmente hacia los más débiles, pobres y vulnerables (FT 115-116), y no mediante su descarte o persecución. Esto abarca a todos los pueblos, requiriendo a nivel internacional una ética global de solidaridad (FT 127) que rechace el sometimiento hegemónico de pueblos pequeños por parte de naciones más poderosas.

Ecología integral: desarrollo humano integral en solidaridad con la Casa Común

En la Laudato Si’ Francisco nos recordó que no se puede dar un desarrollo humano integral fuera de una ecología integral (LS 62, 124). Se trata de un desarrollo prudente de lo creado participando con responsabilidad y humildad en la creación continua y respetando lo querido por Dios (LS 131-132). No podemos destruir el mundo creado con la perspectiva de la inmediatez de la extracción de las tierras raras o del petróleo sin considerar a las próximas generaciones y el valor en sí mismo de los otros seres creados.

Estructuras de pecado

A esta vocación al auténtico desarrollo humano integral se oponen las estructuras de pecado. Afirmaba Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis que “un mundo dividido en bloques, presididos a su vez por ideologías rígidas, donde en lugar de la interdependencia y la solidaridad, dominan diferentes formas de imperialismo, no es más que un mundo sometido a estructuras de pecado. La suma de factores negativos, que actúan contrariamente a una verdadera conciencia del bien común universal y de la exigencia de favorecerlo, parece crear, en las personas e instituciones, un obstáculo difícil de superar. Si la situación actual hay que atribuirla a dificultades de diversa índole, se debe hablar de « estructuras de pecado »” (SRS 36). La división del mundo humano en regiones dominadas por hegemonías mediante su poder tecnológico y militar, los populismos que concentran el poder y obstaculizan el bien común, la explotación ilimitada de recursos naturales que destruye la tierra y la persecución del migrante constituyen estructuras de pecado que condicionan la vida de los pueblos y la geopolítica contemporánea.

Conclusión

No estamos condenados a un modo de proceder que destruye vidas, hiere y divide a los pueblos y contamina la creación. Debemos transformar la indignación experimentada en la creación de redes inspiradas por la vocación de un desarrollo humano integral y solidario, que sueñen y construyan otro mundo posible basado en la fraternidad y la sororidad.