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Despatriarcalización, signo de nuestros tiempos

La experiencia de vivir el evangelio de Jesús nos motiva a mantenernos vigilantes y sensibles a los signos de los tiempos. Aprovecho este espacio para motivar un diálogo entre quienes quieran hacerlo, también para aportar en construcciones teológicas de otras y otros y principalmente para mantenerme despierta y atenta en la fe y en la esperanza.

La teología, como una acción crítica, reflexiva e inteligible en la experiencia de fe cristiana estructura su argumentación como un servicio para motivar la madurez de la fe, esto supone una ubicación concreta histórica. De esta manera la teología ofrece pautas de comprensión, de discernimiento y de reflexión de las realidades que vivimos para identificar la presencia del Espíritu de Dios en ellas o su ausencia.

Uno de los signos de los tiempos determinante de la historia humana actual sin lugar a dudas es el proceso, complejo pero legítimo, de reconocimiento, afirmación, visibilización y dignificación de la mujer en las sociedades y en todo el tejido histórico que la humanidad ha realizado y le queda por hacer.

Durante miles de años la participación y aporte de las mujeres han sido negados, dejando una deuda cuasi irreparable en las diferentes dimensiones de la historia, así como en la subjetividad humana. La deconstrucción entonces, se hace imprescindible para reconocernos humanas, humanos con la misma dignidad donada por Dios en su creación; este reconocimiento requiere de un proceso de honesta aceptación de negaciones, de distorsiones, de violencias que hombres y mujeres ejercemos en nuestras relaciones con nosotras mismas, nosotros mismos, con las otras, los otros, con la naturaleza e incluso con la realidad divina.

Históricamente el patriarcado es una organización social en la que la autoridad era reconocida a los hombres como jefes de familia, padrones y dueños de un patrimonio que incluía a hijas, hijos, esposa(s), tierras, animales, esclavas y esclavos. La sociedad moderna y luego la contemporánea se ha edificado sobre esta base, definiendo estructuras microsocietales (familia, relaciones interpersonales) y macrosocietales (economía, política, cultura, religión, relación con la naturaleza) en las cuales el ejercicio del poder patriarcal es realizado por hombres y mujeres que han normalizado una relación verticalista y de negación de la otra u otro. El patriarcado se expresa en los diferentes ámbitos de la vida y es reproducido por mujeres y hombres que los sostienen incluso de forma involuntaria e inconsciente debido al factor simbólico que implica, a este eje del patriarcado denominamos violencia simbólica.

Los procesos de despatriarcalización son necesarios en todos los espacios de la sociedad y de la vida; en la actualidad estamos viviendo diferentes procesos de liberación de experiencias caracterizadas por alguna forma de violencia y debemos continuar motivando estos procesos, movidas y movidos por la afirmación de la dignidad de toda forma de vida. La eliminación de las diferentes formas de violencia requiere de una interseccionalidad y uno de las formas de violencia menos asumidas y trabajadas para su eliminación es, precisamente, la violencia simbólica.

La violencia simbólica es una forma de ejercer violencia no fácilmente visible o identificable (violencia física, sexual, psicológica), hace referencia a criterios considerados válidos en el ejercicio de la autoridad o poder caracterizados por ser incuestionables debido a su naturalización en la sociedad. Sirve como instrumento de dominación utilizado por los mismos sujetos dominados para mantener y reproducir el sistema patriarcal.

La violencia simbólica generalmente está encubierta, está presente en ciertos mensajes, criterios éticos y morales, símbolos, representaciones significantes, postulados sociales, económicos, políticos, culturales y de creencias religiosas que reproducen y consolidan relaciones de dominación al transmitir y validar relaciones de exclusión, desigualdad y discriminación, naturalizando la subordinación de las mujeres.

Esta realidad se complejiza cuando social y culturalmente muchas otras experiencias biológicas exclusivas de las mujeres como la fertilidad, la menstruación u otras referidas al cuerpo han sido objeto de minusvaloración o distorsión de su sentido avaladas incluso por criterios religiosos. Esto también es violencia simbólica que a través de la historia y de forma encubierta en prácticas de moralidad han mantenido sistemas violentos en contra de las mujeres.

La misma violencia ejerce el ser humano en su relación con la naturaleza, es paradójico que el amor hacia los animales, que tiene amplia aceptación en ámbitos urbanos y que se expresa en la adopción de mascotas (por ejemplo perros, gatos, etc.) para brindarles opciones de vida ante la inevitable situación de abandono en la que se encuentran especialmente en las calles termine siendo una proyección del ego que busca apropiarse de otro ser vivo para justificar en su conciencia la necesidad (reducida e incluso tergiversada) de dar, donar, amar; esto explicaría las prácticas humanizantes destinadas a las mascotas, por ejemplo vestirlas con indumentaria humana, rituales de defunción, etc.

Existe amplia argumentación teológica respecto de la violencia que el ser humano ejerce en su relación con la naturaleza y que es la base de los modelos económicos vigentes, por ejemplo: el modelo extractivista que desde su denominación hace referencia a un sentido de carácter agresivo (extracción) que denota la forma de relación que tiene el ser humano con las otras formas de vida y con todo cuanto existe en la naturaleza.

Estas problemáticas se convierten en desafíos éticos para la humanidad y de esta manera, se desarrollan diferentes acciones que asumen estos derroteros históricos intentando deconstruir los sistemas y estructuras patriarcales que han configurado nuestra humanidad. Estos procesos liberadores están manifestándose en las diferentes áreas del conocimiento humano y de los quehaceres ético-políticos transformadores. Surgen nuevos movimientos de seres humanos que cuestionan lo establecido, buscan y construyen alternativas de vida.

En las últimas décadas en el cristianismo se viene visibilizando lentamente el movimiento de mujeres y hombres que ponen en evidencia que en las iglesias también existe el patriarcado. El Pueblo de Dios no sólo es manifestación divina, es también una experiencia humana y como tal no está exenta de las formas de relacionarnos que tenemos como humanas y humanos, en ese tejido complejo, el patriarcado ha configurado no sólo las relaciones entre creyentes, sino también la relación que tenemos con Dios. Si las sociedades occidentales han sido configuradas y todavía lo son a partir de una forma agresiva y verticalista de ejercicio de poder, las comunidades de fe no han sido y no son las excepciones.

Para acompañar estos procesos, la ética teológica necesita también atravesar una metanoia hermenéutica que le permita reconocer honesta y humildemente la ausencia o escasa participación real de construcciones teológicas desde la experiencia de las mujeres, desde sus cuerpos violentados, desde sus historias invisibilizadas y sus aportes manipulados; la ética teológica está invitada a dar voz a estos testimonios que se hagan carne en la reflexión teológica y posibiliten nuevos y/o renovados procesos proféticos.

Muchas mujeres y hombres han tejido reflexiones teológicas desmantelando el patriarcado inserto en el quehacer teórico ético y teológico, son aportes y luces esperanzadoras que desde la periferia se mueven y talvez también mueven a los centros hegemónicos, el rol de estos aportes no es de centralizarse, más bien, de generar grietas en las estructuras humanas que evidencien la fragilidad y el carácter temporal de estas estructuras. Grietas que generan vida, sentidos amorosos, esperanzadores y liberadores.

“Lo que es ustedes, no se dejen llamar Maestro, porque no tienen más que un Maestro, y todos ustedes son hermanos. No llamen Padre a nadie en la tierra, porque ustedes tienen un solo Padre, el que está en el Cielo. Tampoco se dejen ustedes llamar Guía, porque ustedes no tienen más Guía que Cristo. El más grande entre ustedes se hará el servidor de todos. Porque el que se pone por encima, será humillado, y el que se rebaja, será puesto en alto” (Mateo 23, 8–12).

RESUMEN: Los procesos históricos de dignificación de las mujeres demandan a la ética teológica escenarios de reflexión y construcción hermenéutica para dar voz a las experiencias de liberación humana de las relaciones de poder injustas y negadoras de vida de millones de mujeres, hombres, niñas y niños, adolescentes, migrantes, indígenas, LGTBQ y de la misma naturaleza como producto de sistemas patriarcales actualmente en procesos de denuncia profética.