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El “antropocentrismo situado” y la recuperación del teocentrismo

El 4 de octubre de 2023, el Papa Francisco publicó una nueva exhortación apostólica, titulada Laudate Deum(LD), dedicada al tema de la crisis climática. El documento ha visto la luz pública en el octavo aniversario de la encíclica Laudato Si (LS). Ha sido escrito en preparación para la COP 28 (30 de noviembre al 12 de diciembre de 2023). LD tiene un tono de urgencia ante la timidez de las reacciones a un problema social global que nos afecta a todos, perjudicando de manera especial a las personas y países más vulnerables (LD 2-3). Francisco no duda en señalar, citando a los obispos de África y Madagascar, que estamos ante “un impactante ejemplo de pecado estructural” (LD 3).

El documento fundamenta sus afirmaciones sobre el cambio climático en la bibliografía científica (véase el capítulo I). No puede ser de otra manera. Como no se cansaba de repetir J. Gafo, la buena ética siempre comienza con buenos datos. No obstante, LD no pretende ser un documento científico. Su carácter es netamente teológico y pastoral. Particularmente significativo es el capítulo 6, dedicado a las motivaciones espirituales para el compromiso con el cuidado de la casa común.

En este breve artículo es imposible tocar los múltiples temas que aparecen a lo largo de LD. Centro la atención en un concepto que me parece fundamental de cara al desarrollo de una sólida ecoética teológica: el antropocentrismo situado (LD 45). Frecuentemente se señala que a la crisis ambiental subyace una determinada comprensión del papel de la humanidad en el mundo y de su relación con las demás criaturas. Para Francisco, la concepción prevalente hoy está enraizada en el predominio cultural del paradigma tecnocrático: “…la idea de un ser humano sin límite alguno, cuyas capacidades y posibilidades podrían ser ampliadas hasta el infinito gracias a la tecnología” (LD 21). Este paradigma genera un antropocentrismo que podríamos llamar despótico. El mundo que nos rodea es: “…objeto de aprovechamiento, de uso desenfrenado, de ambición ilimitada”, olvidando que también nosotros somos parte de la naturaleza (LD 25; LS 139). En este modelo, el ser humano goza de pleno derecho de propiedad sobre los animales y el ambiente, incluyendo hoy el espacio interplanetario.

Hay que añadir que la cultura y las estructuras sociales nacidas de este paradigma no están igualitariamente al servicio de todos los seres humanos. Producen numerosos descartados. Ya en LS se nos había indicado que: “No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, …devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente… cuidar la naturaleza” (LS 139). Cuidado de la casa común y justicia social están inseparablemente unidas, en el magisterio franciscano.

Volvamos al concepto del antropocentrismo situado. Creo que es muy importante desarrollarlo teológicamente. Sabemos que la bibliografía ecologista ha tendido a ver la tradición cristiana como responsable de la crisis ambiental por su exaltada antropología. En este contexto es habitual citar el clásico artículo del historiador estadounidense Lynn White (1907-1987)[1]. White afirma que no es por casualidad que la tecnología moderna, con su despiadada actitud hacia la naturaleza, haya sido el resultado de la cultura europea. Las actitudes ecológicas de las culturas dependen, en su opinión, de la comprensión que las personas tienen de sí mismas en relación con las cosas que las rodean. En definitiva, están sustentadas por las creencias sobre la naturaleza y sobre el destino de los seres humanos. Esas creencias están asociadas con la visión religiosa del mundo que prevalece en una cultura. En el caso de la cultura occidental, las actitudes ecológicas hunden sus raíces en la cosmovisión cristiana. En su opinión, el cristianismo, particularmente en la Iglesia occidental, es la religión más antropocéntrica que ha existido en la historia de la humanidad. El ser humano participa de la trascendencia divina, dando lugar a un importante dualismo entre la humanidad y el resto de la creación, que los humanos estarían llamados a dominar y explotar.

Esto no significa que White fuera anticristiano. Era presbiteriano y mantuvo su fe a lo largo de su vida. Como conocedor de la historia medieval, recurre a la figura de San Francisco para proponer una visión alternativa del cristianismo. Otros autores han tenido juicios más severos, señalando la superioridad del panteísmo y las religiones orientales (Carl Amery). Hay corrientes ecologistas, como el Movimiento para la Extinción Humana Voluntaria, que abogan por la desaparición de la humanidad con el fin de salvar la permanencia de la vida en el planeta. Ciertamente, una manera de pensar irreconciliable con la tradición cristiana.

¿Es, en realidad, el cristianismo responsable por la crisis ecológica? P. O’ Callaghan señala que muy bien podemos atribuir responsabilidades a perspectivas filosóficas y culturales de cuño anticristiano como el marxismo, el liberalismo económico radical e incluso el dualismo cartesiano[2]. Desde mi punto de vista, el señalamiento de O’ Callaghan no es incorrecto, pero tiene que ser matizado y completado. No se puede olvidar que el marxismo es heredero de la dimensión utópica y escatológica de la tradición judeocristiana. Se ha dicho que es una especie de herejía judeocristiana, una escatología sin Dios. Creo que tampoco puede negarse que ciertas modos de predicar el cristianismo y de hacer teología han contribuido a una visión distorsionada de la relación de la humanidad con la creación. Quizá White no esté del todo desencaminado cuando sugiere buscar una lectura alternativa del cristianismo. Pero a diferencia de White, habría que afirmar que esa lectura alternativa no nos aleja de la ortodoxia cristiana, sino que, por el contrario, nos requiere recuperarla en toda su pureza.

A fin de cuentas, el punto culminante del relato P de la Creación, tantas veces denostado, no es el dominio del ser humano, sino el sábado, el culto a Dios. Propongo que el marxismo, el dualismo cartesiano y otras corrientes culturales occidentales, son destructores precisamente por haberse desligado de la visión teocéntrica de la Biblia. Es verdad que el ser humano se presenta como imagen de Dios, pero el Dios bíblico no es una divinidad despótica. Es el Dios que crea, cuida y ama sus criaturas[3]. Esta problemática fue abordada expresamente en LS (66-69): “Hoy la Iglesia no dice simplemente que las demás criaturas están completamente subordinadas al bien del ser humano, como si no tuvieran un valor en sí mismas y nosotros pudiéramos disponer de ellas a voluntad… Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y la bondad infinitas de Dios. Por esto, el hombre debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas” (LS 69) [4]. LD es, precisamente, una llamada a la recuperación de la visión teocéntrica: “…un ser humano que pretende ocupar el lugar de Dios se convierte en el peor peligro para sí mismo” (LD 73).

El antropocentrismo situado, que propone Francisco, reconoce el papel singular y central del ser humano en medio de la Creación, pero sabe que la vida humana es incomprensible e insostenible sin las demás criaturas (LD 67; LS 89). Estas son sus dos características definitorias.  Desde mi punto de vista, habría que añadir que el ser humano, como creatura inteligente y responsable, tiene la función de cuidador y promotor de la vida y de su florecimiento en este planeta. La relacionalidad cuidadora incluye, por supuesto, la vinculación con la misma humanidad, con todos los seres humanos. El antropocentrismo situado es un elemento clave para la ecología integral. El cuidado del ambiente es inseparable de la lucha por la justicia, la paz y la fraternidad universales. La ecología integral busca un mundo sin descarte, también sin descartados humanos.

[1] White, L. (1967) The Historical Roots of the Ecological Crisis. Science 155: 1203-1207.

[2] O’Callaghan, P. (2021). God’s Gift of the Universe. An Introduction to Creation Theology. Washington, DC: Catholic University of America Press, 250-251.

[3] Cf. Sabiduría 11,24-26.

[4] Son, en mi opinión, muy instructivas las reflexiones de R. P. McLaughlin sobre Génesis 1, en el contexto, precisamente, de la superación del clásico antropocentrismo. Cf. Christian Theology and the Status of Animals. New York: Palgrave Macmillan, 77-95. Encontramos en la bibliografía otros conceptos afines al antropocentrismo situado. D. P. Castillo ha propuesta un “antropocentrismo cualificado”. Yo mismo he planteado la idea de un “antropocentrismo débil”, que renuncia a toda dominación despótica, destacando el papel de la humanidad como garante del orden moral y jurídico. Cf. Castillo, D. P. (2019). An Ecological Theology of Liberation. Maryknoll, NY: Orbis, 9-12; Ferrer, J. J. (2007). Deber y deliberación. Mayagüez, PR: CePa, 474-475.