Tras los fallidos intentos del padre por hacer que su hija mayor acepte protagonizar la película que él mismo ha escrito, Agnes lee el manuscrito y le pide a su hermana que lo lea también, pareciera que el guion habla de ellas, más aún, la misma Agnes señala que ese libreto fue escrito pensando en ella, en Nora. Esto ocurre mientras Gustav está en el hospital, tras una caída sufrida a raíz de una borrachera con la que aparentemente intentaba acallar el dolor que le habitaba. En una parte del guion, aparentemente, Gustav rememora el suicidio de su madre, sin embargo, el modo en que se plantea el relato deja ver a las hijas que, en efecto, en esa escena no se habla de Karin, sino de Nora; Gustav está dando forma a un hecho que las hijas le habían ocultado, no obstante, estaba saliendo a la luz transfigurado en la escritura del guionista. A mi parecer, presenciamos un evento en el cual la memoria cordial y la escritura se vuelven un ejercicio de perdón y redención.
No quiero contar el final de la historia, más bien, quiero pensar en las posibilidades que este filme nos da para pensar. La metáfora de las heridas que constituyen esto que somos, sujetos escindidos, fracturados, pero también, aventurados y enamorados. La casa es el habitáculo de nuestras propias vidas, por una parte, el espacio interior que sustenta y anima nuestra vida (la morada, la interior bodega de la que hablaba San Juan de la Cruz), por otra, el lugar o los lugares que se presentan como escenarios en los que transcurren las relaciones que tejen nuestra existencia, y que constituyen lo que somos y tenemos. Lugar y persona parecen estar relacionados[3], co-implicados. Más aún, al parecer, la grieta, lo liminal, los resquicios, también son espacios habitables. Historias de vida fragmentadas, heridas sufridas en el itinerario de nuestra existencia, límites insospechadamente librados, todos estos parecen ser lugares habitables.
Estos versos de Hugo Mujica bien pueden expresar lo que aquí hemos querido presentar:
Al principio fue la ausencia,
después su reflejo: el olvido.
Detrás de cada paso
su sombra.
En la casa de la memoria no hay ventanas,
hay espejos.
………………
Hay que acoger el fulgor de la ausencia
Reflejar
el don de lo que no está
en cada cosa que creamos.
(Poéticas del vacío, pp. 17; 83)
La ausencia se puede nombrar y el resquicio puede ser una morada acogedora, porque, a pesar de todo, todo es gracia.
Parece que, habitar, supone hablar de las implicaciones con otra palabra cuyas implicaciones ético-sociales son sugerentes. En la morada habitamos, y al habitar somos huéspedes, en la morada propia, pero también huéspedes de la casa común, huéspedes de nosotros mismos. Curiosamente, este acto de hospedar supone una paradoja. La raíz hospes significa el anfitrión que hospeda al extranjero. En los contextos de cultura medio oriental, para el judaísmo y el mundo musulmán, la hospitalidad, de manera particular al extranjero, tiene una importancia mayúscula, en el cristianismo también tiene especial relevancia esta impronta ante el extraño, las obras de misericordia señaladas en Mt. 25, 35-36 son un ejemplo claro de ello (interesante resulta su precedente en la cultura egipcia. En el libro de los muertos se menciona el diálogo entre la divinidad Osiris y un muerto, en donde Osiris somete a una suerte de juicio ético al difunto para ver si su obrar durante la vida le merecía el supramundo o el inframundo; la respuesta es apasionante de manera particular, porque tiempo después veremos esa misma enseñanza en el evangelio: “acogí al forastero, vestí al desnudo, di de beber al sediento y de comer al hambriento”).
Lo más interesante y paradójico es que la misma raíz que existe para hablar del que hospeda, sirve también para referirse al enemigo. La palabra hospes tiene relación con la raíz hostis que refiere al enemigo, particularmente extranjero. Para el contexto romano en donde se acuñan estas palabras, esto no resulta del todo extraño, para un imperio que dominó la cuenca del Mediterráneo, buena parte del continente europeo, el norte de áfrica y medio oriente, el huésped es el extranjero, el extraño, pero también es un enemigo, en este sentido, el otro es un enemigo hostil.
El problema está en que esta paradoja no radica únicamente en un juego etimológico, la tensión entre la hospitalidad y la hostilidad tiene implicaciones éticas serias. El otro siempre se presenta como un extraño, como un otro (alter) que nos altera, y todavía más, es un potencial enemigo. ¿Y qué es lo que hace que el otro sea un enemigo en potencia? Principalmente, ser extraño y ajeno a mi, a mi contexto, a mis intereses, a mi cultura, a mis creencias, a mi modo de leer e intepretar el mundo; en este sentido la diferencia es una amenaza que puede llegar a incomodar. Evidentemente son muchas más las razones por las que el otro, el extraño, el huésped puede llegar a serme hostil, de igual modo, no hay una solución unívoca al problema de la tensión provocada entre la hospitalidad y la hostilidad. Lo que puede llegar a romper la tensión entre la la hostilidad y la hospitalidad, entre la confianza y el riesgo, es el reconocimiento de que yo mismo (nosotros mismos) soy/somos también, huéspedes, es decir, nosotros somos también una amenaza para el otro. El reto está en aceptar la diferencia, aquello que Ramon Llul decía “en todo amor, no puede haber concordancia, sin diferencia”. En este sentido, asumir la diferencia supone comprender que el otro ante quien me abro, se convierte en una alteridad siempre distinta, siempre diferente, nunca cosificable. La alteridad nos enseña a vencer nuestro propio ego, nos invita a aceptar nuestra vulnerabilidad, nuestra fragilidad.
La apertura a la hospitalidad nos lleva a entender que todos somos ajenos, todos somos extraños, extranjeros, distintos; todos somos otros. Reconocer esta realidad supone acercarnos a una práxis ética en donde habitar pacífica, sororal y fraternalmente en medio de la diferencia, es posible.
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[1] “El silencio como morada. Mística y poesía en relación” (2020). Revista iberoamericana de Teología, 16(30), 11-36. https://doi.org/10.48102/ribet.16.30.2020.45
[2] Manohla Dargis, “Sentimental Value Review: Joachim Trier’s Unhappy Household” En: https://www.nytimes.com/2025/11/06/movies/sentimental-value-review-joachim-trier.html (La traducción es propia).
[3] Cfr. Victoria Cirlot y Blanca Garí. El Monasterio interior. Fragmenta, Barcelona, 2017.