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El Sínodo de la Sinodalidad y los abusos en la iglesia

Empecemos[1] atendiendo al testimonio del obispo de Essen, Franz J. Overbeck, en una sesión de síntesis (briefing) del XVI Sínodo, quien se atrevió a hacer una confesión pública, cuando respondió a la pregunta de uno de los asistentes: “El camino sinodal alemán se ha hecho en respuesta a los abusos, ¿qué están haciendo para encarar estos abusos?” Franz Josef respondió con sinceridad: “Desafortunadamente ha habido muchos abusos, es algo horrible… Tuvimos que responder a las acusaciones. Mi predecesor fue acusado él mismo, y después murió… Pero estas cuestiones ahora ya se han planteado, y ahora tenemos que responder a las víctimas de estos abusos, a sus familias, a sus amigos… En nuestra diócesis y también a nivel de la Conferencia Episcopal hemos tratado estos temas, hemos trabajado muchísimo sobre este tema… Es como una enfermedad que no parece terminar nunca, eso es lo que puedo decir.” Briefing [2]

Aunque el Sínodo de la Sinodalidad aún no se puede dar por terminado (pues queda llevar las conclusiones de la sesión de nuevo a las iglesias locales para re-trabajarlas, ver qué dice el pueblo de Dios, etc., y volverse a reunir en 2024), se pueden sacar ya en claro algunas cosas:

  1. El tema de los abusos se considera importante pues se menciona tanto en el Documento Preparatorio IL (Instrumentum Laboris)[3] como en la Síntesis S (S) de la primera sesión (aparece al menos 7 veces). No se limita al aspecto sexual, sino que abarca varias dimensiones: “En muchas regiones, las Iglesias están profundamente afectadas por la crisis de los abusos sexuales, de poder y de conciencia, económicos e institucionales. Se trata de heridas abiertas, cuyas consecuencias aún no se han abordado plenamente.” (IL, 4) Las víctimas de estos abusos se enumeran entre los pobres, las personas vulnerables, los migrantes y quienes viven en las periferias, e implícitamente se reconoce que se han “invisibilizado”, al decir que “La apertura a la escucha y al acompañamiento de todos, incluidos aquellos que han sufrido abusos y heridas en la Iglesia, ha hecho visibles a muchos que por largo tiempo se han sentido invisibles.” (S, 1). Y entre estas víctimas se ubican también “las mujeres de la vida religiosa”, pues en el documento preparatorio se preguntaba ya cómo pueden estar “mejor representadas en los procesos de gobierno y de toma de decisiones, que las protejan de los abusos y sean mejor remuneradas en su trabajo.” (IL, 3b)
  2. También queda claro que los abusos de algunos clérigos o ministros ordenados han minado la confianza del laicado en ellos (IL, 2.4), pues “cuando en la Iglesia se dañan la dignidad y la justicia en las relaciones entre hombres y mujeres, resulta debilitada la credibilidad del anuncio que dirigimos al mundo.”(S, 9g). Bien sabemos los efectos devastadores de estos abusos, que se suman a los procesos de secularización en el abandono silencioso de la asistencia a los templos por parte de muchos creyentes, el dejar las escuelas católicas, desertar de los grupos parroquiales y, en algunos lugares, fuertes demandas y sanciones económicas en los tribunales civiles.
  3. Al preguntarse sobre las causas, se cuestiona si los abusos y su manejo son un problema sólo de las personas o de la institución (IL, B, 3,3; 7). Pues la salida fácil ha sido culpar a las personas, sus debilidades y defectos, sin cuestionar el nivel institucional o estructural, lo que implicaría buscar reformas de fondo. Un punto que resalta en este aspecto es la necesidad de “transparencia”, particularmente en los contextos marcados por la crisis de los abusos, donde generalmente se ha impuesto el silencio, incluso bajo “santa obediencia”, para no desprestigiar a los implicados. Se reconoce que éste no ha sido un tratamiento adecuado. Y se afirma que esto apunta a “un problema en el ejercicio de la autoridad y requiere intervenciones decididas y apropiadas”. (S, 10d), Pues se ha acusado a algunos pastores de “encubrimiento” de casos de abuso, o se ha pensado que, con sólo cambiar de destino al sujeto “problemático” o mandarlo a terapia, o de retiro espiritual, quedará resuelto el problema.
  4. Se hacen varias propuestas pastorales: a) Primero que la Iglesia sea humilde y sincera, que “sabe que tiene que pedir perdón y que tiene mucho que aprender”, que se reconozca el mal hecho y pida perdón a las víctimas, asumiendo un serio “compromiso de conversión y reforma”, personal y estructural. (IL, B.10). b) Segundo, la necesidad de una iglesia que se abra al discernimiento para dar pasos concretos que permitan ofrecer justicia a víctimas y sobrevivientes de los abusos ya señalados; que abra “caminos de reconciliación, sanación y justicia”, para que pueda ser creíble (cf. IL, B 1.2). c) “Una cultura de la transparencia y el respeto a los procedimientos previstos para la tutela de los menores y de las personas vulnerables son parte integrante de una iglesia sinodal.” d) Es necesario, además, desarrollar estructuras dedicadas a la prevención de los abusos. Esto abre la puerta a una “separación de poderes”, pues no es conveniente para los obispos “conciliar el papel de padre con el de juez”, por lo que convendría “confiar la tarea judicial a otra instancia, que habría que precisar canónicamente.”(S, 12i). e) Será necesario implementar un valor propio de sociedades democráticas: “La cultura de rendir cuentas es parte de una iglesia sinodal que promueve la corresponsabilidad, además de un posible baluarte contra los abusos.” (S, 12j). Al parecer, en América Latina y México aún no hemos interiorizado esta “cultura”, pues todavía hay quienes se ofenden cuando se les piden cuentas, considerándolo una falta de confianza o incluso una afrenta.
  5. Y la cosa termina por donde había empezado, en lo que ha sido la melodía de este Sínodo: “La Iglesia debe escuchar con particular atención y sensibilidad la voz de las víctimas y de los sobrevivientes de los abusos sexuales, espirituales, institucionales, de poder o de conciencia de parte de miembros del clero o de personas con cargos eclesiales. La auténtica escucha es un elemento fundamental en el camino hacia la sanación, el arrepentimiento, la justicia y la reconciliación”. Como dicen por ahí, de lo que más hablamos es tal vez de lo que más carecemos, pues en estos tiempos de polarizaciones e ideologías contrapuestas, con que lo diga alguien “del otro partido”, ya no resulta creíble, tendemos a descalificar de inmediato la postura del adversario, en vez de, como enseñaba el Maestro Ignacio: “se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla; y si no la puede salvar, inquiera cómo la entiende; y, si mal la entiende, corríjale con amor…” (Ejercicios Espirituales, 22)

En conclusión, agradecemos a este Sínodo que el tema de los abusos haya salido a la luz, pues el primer paso para resolver un problema es admitirlo. Y que se estén dando pasos y se hagan propuestas para avanzar en su comprensión y resolución. Somos conscientes de que esto es como “una enfermedad que parece no terminar nunca”, y ciertamente nos reconocemos criaturas heridas por el pecado, necesitadas de una “conversión permanente” si queremos ser testigos de Aquél que “nos amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Y, sin negar el valor de la conversión personal, necesitamos también del apoyo de la comunidad que, con su vigilancia, transparencia, procesos de diálogo y normativas claras –e incluso con la honestidad de reconocer que algunos hechos, además de ser “pecados”, constituyen también “delitos”–, nos ayuden a caminar de mejor manera, más digna de una Iglesia que se pretende anunciadora de la justicia, de la paz y la reconciliación.

Al empezar citábamos la “confesión” de un obispo alemán, pero sabemos que, si tuviéramos esa valentía, esa voluntad en nuestra América Latina, lo mismo y más cosas tendrían que decir nuestros pastores, desde Chile y Argentina hasta los EE.UU. y Canadá, pasando desde luego por México, donde el tema de los abusos –no sólo sexuales, también de conciencia e institucionales– ha estado presente desde hace décadas, y requerimos de una mayor transparencia y determinación para salir de este pantano y poder caminar hacia una Iglesia más dialogante y sinodal.

[1] Texto elaborado en colaboración con el Dr. Jorge Fernando Heredia Zubieta, académico del Depto. de Ciencias Religiosas, de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.

[2] Minutos 1:05:00 a 1:10:00).

[3] 10 menciones.