En la introducción que hace la escritora mexicana Guadalupe Nettel a un texto por demás interesante de Georges Perec, titulado Lo infraordinario, nuestra compatriota Nettel plantea una pregunta que poco tiene de inocente: cómo describir, cómo interrogar “lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual”, ¿cómo dar cuenta de ello? Si queremos problematizar más esta reflexión habrá que preguntarnos, por qué hablar de una mística avecinada en lo cotidiano, en los pequeños días: aquello que pasa tan vertiginosamente, y a veces sin pena ni gloria. Todos los días seguimos el mismo horario, rezar de prisa, recorrer el mismo trayecto a la universidad, a nuestros trabajos y lugares de apostolado… volvemos a casa, nos encontrarnos en el comedor para hablar –casi siempre– de los temas cotidianos (de política y cosas peores, diría el periodista mexicano Armando Fuentes Aguirre, Catón). ¿Puede haber algo de místico en esto tan ordinario? Si por mística entendemos una serie de fenómenos extraordinarios (visiones, hablar en lenguas, o algún tipo de éxtasis que nos hace levitar), lo ordinario no es el lugar para encontrarnos con el arrebato del misterio. En cambio, si por Misterio entendemos aquello a lo que su etimología misma hace referencia, (muein, cerrar los ojos, cerrar la boca), es decir, el Misterio es aquello que no podemos ver con claridad, y de lo cual no podemos expresar discurso alguno que, aunque elocuente, no puede encorsetar en concepto alguno, la realidad de eso que se nos manifiesta. Entonces habrá que considerar la necesidad de entender que la mística no consiste en otra cosa sino en la toma de conciencia de la bella (y a veces terrible) presencia del Dios con nosotros, manifestándose no en el estruendo, sino en la suave brisa. Quizá el problema no estriba tanto en que el Misterio esté siempre oculto, sino en que nos resulta difícil aprender a ver con los ojos cerrados, y aún más complicado nos puede parecer estar en el silencio para dejar que sea la otra voz la que hable incluso con la boca cerrada.
La mística de lo cotidiano supone entonces un necesario proceso de desaprendizaje (concepto que quizá pueda parecer violento para quienes somos educadores)… Es necesario despojarnos de todo aquello que nos impide disfrutar de lo que transcurre tras el velo de lo cotidiano. Dejar en suspenso las prisas de los pendientes impostergables, pero casi nunca esenciales, y darnos tiempo para poder perder el tiempo. Perder implica aquí, dejar ir al terrible Saturno (dios del tiempo) que está siempre devorando a sus hijos. Perder conlleva irrumpir la linealidad del cronos, para poder hacer un paréntesis dentro del mismo tiempo, como en el poema de Octavio Paz: “Dentro del tiempo hay otro tiempo/ quieto/ sin horas ni peso ni sombra/ sin pasado o futuro/ idéntico perpetuo/ Nunca lo vemos/ Es la transparencia”). Esta irrupción en la vorágine del tiempo cronológico supone aprender a perder el tiempo platicando sin prisas en la sobremesa; dejarnos seducir por el olor de un café al despertar; coincidir con mi hermano sin haberlo planeado y charlar con él de esto y aquello, de la vida, del ayer y del hoy (estoy seguro de que, con un tequila, la plática fluirá mejor). Perder el tiempo significa también contemplar los colores del ciruelo rojo, escuchar la música generada por el viento que mueve las ramas del encino siempre verde, o prestar cierta atención a la lluvia vespertina que moja la tierra y golpea –a veces fiera, a veces pausada– la ventana de nuestra habitación, acompañados de una lectura que no sea obligada, sino deseada. Perder el tiempo es ver a mi hermano regando las plantas e ir y hacerle alguna broma, platicar unos cuantos minutos, o simplemente, saludarle amable y sinceramente. La irrupción en la carrera del cronos supone la llegada del Kairós. Así es como, paradójicamente, perder el tiempo es ganarlo, y al hacerlo, lo que obtenemos es gracia.
Vivir, comer, llorar, reír, todo eso que puede ser tan ordinario, si se hace creyentemente, es decir, humanamente, eso es vivir la mística de lo cotidiano. Quien se da cuenta del enigma que somos para nosotros mismos, quien se deja seducir por el misterio de la realidad, se da cuenta que él mismo es la pregunta y el problema (la magna quaestio de San Agustín, “factus eram ipse mihi magna quaestio”) por ende, está actuando ya religiosamente.
Ese actuar que yo tildo de religioso, me parece que no es otra cosa sino la consecuencia de esa aspiración de infinito (aspiración que es en sí misma una desproporción), ese anhelo que manifiesta la huella del Misterio de la divinidad alojada en nosotros, el eco de su condición trascedente, de su condición originante e inobjetiva que luego tendrá que decirse en nuestro deseo de los objetos, pero que nunca se agotará en ellos ni se confundirá con ellos porque, como dicen los versos de San Juan de la Cruz, “no saben decirme lo que quiero”, porque si lo confundo en ellos, ya estoy objetivizando, haciendo un ídolo, por tanto, una relación auténticamente abierta al Misterio implica una conversión radical en mi manera de mirar, de sentir, de pensar, de amar, y es que el amor es también una forma de mirar. “Ver todo con los ojos de la fe” –como gustaba decir a mi fundador, San Juan Bautista de La Salle– supone ya una mirar trasgresor, y una actuar disruptivo. Así las cosas, creo que la experiencia religiosa acontece desde la raíz última del ser humano, o si queremos decirlo, irrumpe y toma cuerpo (se acuerpa) en el corazón, pero en el corazón que se abre al infinito; si no existe esta apertura y si no existe esa conversión de la que hablábamos, podemos confundirle con nuestras empresas y proyectos.
La persona mística vive “religiosamente”, convirtiéndose, esto es, derribando nuestros estereotipos, desaprendiendo aquello que no nos permite crecer, reconociendo la grandeza de nuestro mundo, aceptando nuestra finitud, paladeando los sinsabores y las dulzuras de la vida, viendo y escuchando al otro. Quien vive esto, está adentrándose ya a la experiencia del Misterio, ese que habita en lo sencillo, en lo infraordinario.
Dejo aquí unos versos que quizá sirvan más que las palabras previas:
Llamar al pan y que aparezca
sobre el mantel el pan de cada día;
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reír como el mar ríe, el viento ríe,
sin que la risa suene a vidrios rotos;
beber y en la embriaguez asir la vida,
bailar el baile sin perder el paso,
tocar la mano de un desconocido
en un día de piedra y agonía
y que esa mano tenga la firmeza
que no tuvo la mano del amigo;
saber partir el pan y repartirlo,
el pan de una verdad común a todos,
verdad de pan que a todos nos sustenta,
por cuya levadura soy un hombre,
un semejante entre mis semejantes;
Y que a la hora de mi muerte logre
morir como los hombres y me alcance
el perdón y la vida perdurable
del polvo, de los frutos y del polvo.
(Octavio Paz, La vida sencilla)
Enlaces sugeridos
Marcela Mazzini, Mística de lo cotidiano (2021), https://teologicalatinoamericana.com/?p=2518
José Tolentino Mendonça, Hacia una espiritualidad de los sentidos (2025), https://www.fragmenta.cat/es/producte/hacia-una-espiritualidad-de-los-sentidos/