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La pregunta por la justicia social

“Jesús de Nazaret, al ser interrogado por el gobernador romano, admitió ser un rey, mas agregó: ‘Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad’. Pilato preguntó entonces: ‘¿Qué es la verdad?’. Es evidente que el incrédulo romano no esperaba respuesta al interrogante: el Justo, de todos modos, tampoco la dio. Lo fundamental de su misión como rey mesiánico no era dar testimonio de la verdad. Jesús había nacido para dar testimonio de la justicia, de esa justicia que deseaba se realizara en el reino de Dios. Y por esa justicia fue muerto en la cruz. De tal manera, de la interrogación de Pilato: ‘¿Qué es la verdad?’ y de la sangre del Crucificado, surge otra pregunta de harto mayor importancia, la sempiterna pregunta de la humanidad: ‘¿Qué es la justicia?’ ”

Con estas palabras comenzaba la célebre conferencia de Hans Kelsen en la Universidad de Berkeley (1952). Más allá del recorrido propuesto en su época por el jurista vienés, y a raíz de las críticas contemporáneas, sobre todo de grupos conservadores que se oponen a un supuesto discurso que pregona la “envidia” o el “robo”, propongo detenernos en una pregunta que se deriva de aquel interrogante: ¿qué es la justicia social?

En el plano secular, los intentos de respuesta vinieron desde los llamados socialistas fabianos y el constitucionalismo social (corriente que diera el soporte jurídico-institucional al llamado Estado Social de Derecho), acompañado por la creación de la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 1919). La Teoría de la Justicia de John Rawls (1971), desde el liberalismo igualitarista, reabriría el debate, que llega hasta nuestros días, con aportes como Sexo y justicia social, de Martha Nussbaum (1998) y Repesar la justicia social, de François Dubet (2011).

En el ámbito católico tenemos que, en tramo final de su pontificado reformador, Francisco señaló en su último encuentro con los Movimientos Populares que “la justicia social es una expresión creada por la Iglesia”, empleando 10 veces dicho concepto (Francisco, 20/09/2024). En la Exhortación Apostólica Dilexi te (DT, 2025), el Papa León XIV emplea 2 veces la expresión, ubicando sus orígenes en la patrística, sobre todo en San Juan Crisóstomo, “quizá el predicador más ardiente de la justicia social”, autor de expresiones como: “no dar a los pobres es robarles, es defraudarles la vida, porque lo que poseemos les pertenece” (DT 41-42).

Recordemos que la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) surgió a fines del siglo XIX como una de las respuestas a la llamada “cuestión social” o “cuestión obrera”, a partir de las consecuencias sociales de la Revolución Industrial. Víctor Hugo, que plasmó esa dura realidad en su novela (más religiosa que social) Los Miserables (1862), dice a través de uno de sus personajes: “ser bueno es fácil, lo difícil es ser justo”, y al comienzo propone en el personaje del obispo Myriel al paradigma de “un justo” (Primera Parte, Libro Primero). Esta alusión aquí no está demás si ponemos en diálogo los asuntos públicos con la narrativa literaria, como sugiere Nussbaum en Justicia poética (1995).

En la senda abierta por León XIII con Rerum Novarum (1891), la Quadragesimo anno de Pío XI (1931) se enmarcó, en lo económico, en las consecuencias negativas del crack de Wall Street, y en lo político, propuso la función subsidiaria del Estado, tomando distancia de las respuestas liberales, socialistas y la emergencia de los autoritarismos y totalitarismos. Fue este Pontífice quien incluyó a la justicia social como “el principio rector de la economía (…) en el orden social-jurídico (…) cuya alma debe ser la caridad social”. Estas son palabras de Gerardo Farrell (1994: 84), gran estudioso de la DSI, quien remitía al número 88 de la ya mencionada segunda encíclica del Magisterio Social Pontificio.

En una fidelidad dinámica, la DSI siguió desarrollando la noción de justicia social, según el criterio formulado por San Vicente de Lérins (“ut annis consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate”). Así, en el Compendio de DSI, encargado por San Juan Pablo II y publicado en 2004, podemos leer 17 alusiones a dicho concepto. Repasamos algunas de ellas: “Gran parte de la enseñanza social de la Iglesia, es requerida y determinada por las grandes cuestiones sociales, para las que quiere ser una respuesta de justicia social” (Compendio DSI 81, cursiva en el original).  En los numerales 99 y 107 se refiere a que el concepto fue utilizado, por ejemplo, por San Pablo VI -al hablar de “justicia social internacional”- y -como ya vimos- por Pío XI, respectivamenteEl numeral 201 es significativo, pues presenta una definición de dicha noción:

La justicia es un valor que acompaña al ejercicio de la correspondiente virtud moral cardinal. Según su formulación más clásica, «consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido». Desde el punto de vista subjetivo, la justicia se traduce en la actitud determinada por la voluntad de reconocer al otro como persona, mientras que desde el punto de vista objetivo, constituye el criterio determinante de la moralidad en el ámbito intersubjetivo y social. El Magisterio social invoca el respeto de las formas clásicas de la justicia: la conmutativa, la distributiva y la legal. Un relieve cada vez mayor ha adquirido en el Magisterio la justicia social, que representa un verdadero y propio desarrollo de la justicia general, reguladora de las relaciones sociales según el criterio de la observancia de la ley. La justicia social es una exigencia vinculada con la cuestión social, que hoy se manifiesta con una dimensión mundial; concierne a los aspectos sociales, políticos y económicos y, sobre todo, a la dimensión estructural de los problemas y las soluciones correspondientes” (Compendio DSI 201, cursiva en el original).

Cabe señalar que en el fondo de esa distinción de las formas de la justicia está el aporte del Aquinate: “para Santo Tomás, la justicia tiene dos partes: general y particular; y dos son las especies de la particular: conmutativa y distributiva”, pero, indica el filósofo Nicolás Lázaro, para el Cardenal Cayetano (“el Príncipe de los comentadores”), “tres son las especies de la justicia, que no tiene dos partes, sino que es una con tres especies”, lo cual tendrá consecuencias para la reflexión política y ética tras haberle “quitado el alma a la ética filosófica tomista” (Lázaro, 2021: 84 y 233, 235).

Como puede leerse, en el Compendio se deja entrever la vinculación de la justicia social con la justicia general, como ya lo había observado, por ejemplo, el jesuita Tony Mifsud en el tomo 4 de su Moral de Discernimiento, dedicado a la Moral Social. Propuesta y Protesta. A diferencia de muchos tratados sobre DSI, el autor comienza analizando la virtud de la justicia según el Doctor Común (Mifsud, 2003). De hecho, la obra de Santo Tomás influyó sobre el sacerdote jesuita Luigi Taparelli, a quien se suele indicar como autor de la expresión “justicia social” por su obra Ensayo teórico del derecho natural apoyado en los hechos (1843). Es de mencionar que Taparelli habría tenido entre sus estudiantes al futuro León XIII.

A los críticos que dicen que la DSI (corpus que lleva más de 130 años de desarrollo) pone el acento más en la distribución que en la generación de riqueza, Francisco (en continuidad con sus predecesores) corrigió desde el Evangelio la distorsión antropológica que conlleva el paradigma tecnocrático hegemónico:

“veo una cosa que me preocupa: que avanza una forma perversa de ver la realidad, una forma que exalta la acumulación de riquezas como si fuera una virtud. Les digo: no es una virtud, es un vicio. Las riquezas son para compartir, para crear, para fraternizar. Acumular no es virtuoso, no es virtuoso, distribuir sí lo es. Jesús no acumulaba, sino que multiplicaba y sus discípulos distribuían. Recuerden que Jesús nos dijo: ‘No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, ahí también estará tu corazón’” (Francisco, 20/09/2024).

Para el Papa latinoamericano y jesuita, en el actual contexto de injusticia social y de la criminal Tercera Guerra Mundial “en partes”, urgía construir puentes de fraternidad (fundada en la filiación divina), asumiendo que “la vida en común” se estructura “en torno a comunidades organizadas” (Fratelli Tutti 264). Porque “Si el pueblo pobre no se resigna, el pueblo se organiza, persevera en la construcción comunitaria cotidiana y a la vez lucha contra las estructuras de injusticia social, más tarde o más temprano, las cosas cambiarán para bien. Como ven, nada de ideología aquí, nada. El pueblo” (Francisco, 20/09/2024).

El impulso a la sinodalidad dentro de la Iglesia se proyecta al mundo secular como propuesta concreta de diálogo socio-ambiental para la paz global, de carácter “estructural” (Donini, 2019), “desarmada y desarmante, humilde y perseverante” (en palabras de León XIV), con los pobres de las periferias organizados y en el centro de las tomas de decisiones. Se trata de teología moral social, no de ideología o de meros análisis sociológicos, políticos, filosóficos o jurídicos.

Según lo expuesto, la Iglesia tiene una respuesta a la pregunta por la justicia social. Claro está, no es la única, pero la suya lleva mucho tiempo de elaboración y está abierta al diálogo con el ámbito secular. Que estas notas sirvan para “contribuir a la construcción de una sociedad más justa, una democracia más plena, un país más solidario, un mundo más fraterno y una comunidad cristiana más abierta, de acuerdo con el Evangelio” (DT 75).