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Nuevas fronteras en la teología de la paz: desarme nuclear y ecología integral

El anuncio de la paz está en el corazón mismo del Evangelio. No puede ser de otra manera. El don mesiánico por excelencia es la paz. Nuestra palabra “paz”, de raíz latina, no traduce adecuadamente todos los matices que tiene el término bíblico shalom. Como apunta J. J. Tamayo: “Shalom no significa la simple ausencia de guerras… Remite a un clima de plenitud, justicia, vida, verdad, que incide en el conjunto de las relaciones humanas: políticas, sociales, familiares, económicas, religiosas…[1].” El shalom bíblico se refiere al estado de plenitud que es fruto de la suma de las bendiciones de Dios. Es un don escatológico, que nunca se realizará enteramente en la historia. Eso no significa, sin embargo, que deje de ser el horizonte que continuamente nos convoca a la conversión, juzgando el obrar de los cristianos en el tiempo presente. El seguimiento de Cristo exige un radical compromiso con la paz.

Las primeras generaciones cristianas adoptaron una posición de radical reserva ante el militarismo, la violencia y la guerra. Como señala D. Hollenbach, la no participación de los primeros cristianos en el ejército es un fenómeno complejo. El rechazo de la violencia y el respeto a la vida humana son dos de los factores que fundamentan dicha reserva. Pero hay otros, como la evitación de la idolatría del culto imperial y el simple hecho de que muchos cristianos no eran elegibles para la milicia por no ser ciudadanos romanos[2]. Lo cierto es que las actitudes cristianas ante la milicia y la guerra cambiaron de modo notable. La mudanza se evidencia con claridad a partir del siglo IV, con el giro constantiniano y el establecimiento por Teodosio del cristianismo niceno como religión oficial del Imperio. Más adelante, Teodosio II decretó que solamente los cristianos podían formar parte del ejército[3]. Se ha dado un giro de 180 grados, con un impacto importante en las actitudes de los cristianos ante la guerra.

En este nuevo ambiente se gesta la teoría de la guerra justa, cuya formulación clásica la encontramos en la cuestión 40 de la secunda secundae de la Suma tomasiana. Para que la guerra sea justa se deben satisfacer tres requisitos: 1) Declaración por parte de la autoridad pública competente; 2) causa justa; 3) recta intención de los contendientes, que deben buscar promover el bien y evitar el mal. Estos requisitos se refieren a lo que más tarde se ha venido a conocer como ius ad bellum.  La tradición posterior añadió otros criterios para que el recurso a la guerra se pueda tener por justo, tales como que sea el último recurso, que el fin que se pretende sea en sí mismo justo y que se cumpla con un criterio de proporcionalidad. El desarrollo de criterios para regular, ética y jurídicamente, la conducta durante el conflicto bélico (ius in bello) es posterior[4]. Hoy se habla también del ius post bellum.

La doctrina de la guerra justa supone un importante aporte intelectual de la tradición teológica. Sin embargo, no deja de ser paradójico que una religión cuyo fundador, proclamado como príncipe de la paz, optó por la vía de la no violencia en su proclamación del Reino, haya dedicado tanta tinta al desarrollo de una ética de la guerra. Más sorprendente aún es que la Iglesia haya llegado a promover guerras (“santas”) y que los papas hayan comandado sus propios ejércitos. Uno no puede menos que preguntarse por qué, en vez de una teología de la guerra justa, no hemos desarrollado una teología de la paz justa, que parecería ser incomparablemente más cónsona con el mensaje del Evangelio. Ha sido solamente en decenios recientes que se ha empezado a señalar la urgencia de trabajar una teología de la paz. El foco integrador de la reflexión no sería ya la guerra, sino la paz justa.

En mi opinión, desde el punto de vista del magisterio oficial de la Iglesia Católica, el punto de inflexión puede colocarse en la Pacem in terris de Juan XXIII (1963). El pontífice identifica cuatro valores sobre los que ha de fundarse la paz justa, de la que debería ocuparse la teología de la paz: la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Los sucesores de Juan XXIII han profundizado esta teología de la paz, poniendo de relieve que la amenaza del holocausto nuclear plantea una barrera moral infranqueable. Más recientemente, el magisterio del Papa Francisco ha subrayado con claridad dos temas urgentes para la teología de la paz: el desarme nuclear y la paz con la creación.

Durante su visita a Hiroshima en noviembre de 2019, Francisco ha afirmado con toda claridad: “…que el uso de la energía atómica con fines de guerra es hoy más que nunca un crimen, no sólo contra el hombre y su dignidad sino contra toda posibilidad de futuro en nuestra casa común. El uso de energía atómica con fines de guerra es inmoral, como asimismo es inmoral la posesión de las armas atómicas…[5]” El magisterio de Francisco nos obliga a retomar sin dilación la reflexión sobre el desarme nuclear, en momentos de preocupante tensión entre Washington, Teherán y Pyongyang.

Al desarme hay que añadir otra preocupación constante del actual pontificado: la paz con la creación, desde una ecología integral. Este tema del magisterio franciscano ha sido puesto de relieve con mucha claridad en la llamada a la conversión ecológica del reciente Sínodo de la Amazonía[6]. Nuestro trato del planeta y de los otros vivientes es violento. Es una especie de guerra, que, al final, se torna contra nosotros mismos, especialmente los más pobres. En la encíclica Laudato si, sobre todo en el capítulo IV, Francisco nos convoca a convertirnos a una “ecología integral”[7]. No hay dos crisis separadas, una social y otra ambiental. Se trata de una única crisis, con dimensiones diversas, pero íntimamente ligadas. La protección de la casa común y el compromiso con la justicia social van de la mano. No es viable uno sin el otro.

Paz con la creación y desarme nuclear son dos temas de reflexión y acción impostergables para la teología cristiana, que siempre debe estar comprometida con el servicio del shalom al que Dios nos convoca y que debemos esforzarnos por irlo realizando, aunque de manera siempre imperfecta, en el tiempo presente.

[1] Tamayo J. J., Paz y violencia, en Tamayo J. J. (Ed.); Nuevo Diccionario de teología, Madrid, Trotta, 2005, 709-710.

[2] Hollenbach D., Nuclear Ethics, New York, Paulist, 1983, 8-10.

[3] Pattaro G., Paz, en Barbaglio G. y Dianich S. (Eds.), Nuevo Diccionario de teología, t. 2, Madrid, Cristiandad, 1982, 1315-1316.

[4] Cf. Hollenbach D., Nuclear Ethics, 39-43. A. M. Arbeláez Herrera atribuye a Vitoria el establecimiento, con mayor claridad, de la distinción entre el ius ad bellum y el ius in bello. Cf. su trabajo: La noción de la guerra justa. Algunos planteamientos actuales: Analecta política 1 (2012) 277-278.

[5] http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/november/documents/papa-francesco_20191124_messaggio-incontropace-hiroshima.html Accedido: 25/XI/2019.

[6] http://www.sinodoamazonico.va/content/sinodoamazonico/es/documentos/documento-final-de-la-asamblea-especial-del-sinodo-de-los-obispo.html Accedido: 19/1/2019.

[7] http://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html Accedido: 19/1/2019.