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Pandemia, Interior e Interioridad

Sobra insistir en que la pandemia por Covid-19 nos ha llevado de una vida social de lo exterior (calles, transporte, empresas, oficinas, centros educativos y comerciales, etc.) a lo interior de nuestras familias y de nuestros hogares. Sin embargo, esto último ha representado situaciones alarmantes, de las que no siempre hemos sido conscientes: quienes viven en departamentos de 50 metros cuadrados, en promedio, donde cohabitan dos o tres familias (abuelos, padres hijos y nietos) han visto seriamente complejizadas sus relaciones familiares. Por la modalidad de trabajo remoto desde el domicilio personal también llamada “home office”, los adultos ya no conviven con sus compañeros de trabajo, los y las jóvenes ya no conviven con sus compañeros de escuela, no se reúnen en la calle, no van a visitar a sus amigos, no van al “antro”[1], etc. Las familias se han vuelto entonces un foco de tensas relaciones, muchas veces violentas, generalmente contra las mujeres y las niñas; relaciones que han perdido las válvulas de escape que ofrecía la vida al exterior. Es muy común escuchar en los medios de comunicación, cómo desde el inicio de la pandemia ha aumentado la violencia intrafamiliar. Es una consecuencia del paso forzado de la vida exterior de las personas y las familias a la vida interior de las mismas.

Del mismo modo la vida de fe se ha visto trastocada por la pandemia. Los templos permanecen cerrados durante el “semáforo rojo” y con un aforo muy reducido durante el “semáforo naranja”[2], lo cual ha representado momentos de crisis para la mayoría de los católicos, acostumbrados a expresiones exteriores de la fe: misas, procesiones, peregrinaciones y fiestas de la Virgen María o de los santos patronos de parroquias o pueblos. Inclusive esta situación ha representado un grave problema, tanto para el trabajo del clero como para hacerse de los medios económicos para su sobrevivencia. Del mismo modo, estas situaciones nos han llevado de la exterioridad de la religión o de la fe a la interioridad de estas dimensiones.

En fin, la cancelación o la reducción considerable de lo exterior y de la exterioridad en esta pandemia, nos ha mostrado un grado muy grande de vulnerabilidad, (de la integridad o de la de salud física o mental, económica, laboral, familiar, sexual, religiosa espiritual, etc.) a la que desde hace más de un año estamos sometidos, la cual no es sólo un hecho consumado sino también potencial, que es también motivo de angustia, miedo y zozobra[3].

Pero como lo sabemos, el tiempo de crisis es también la ocasión de la oportunidad. En este caso, es la posibilidad para recuperar lo interior en nuestras relaciones y la interioridad de nuestra fe.

En referencia a lo interior de las familias, la tarea eclesial ante estas problemáticas es proporcional al grado de imaginación que se requiere para dar respuestas adecuadas. En este sentido, tenemos el llamado a preguntarnos por las posibilidades de dar una respuesta adecuada en “nuestras propias parcelas”, es decir, en los círculos a familiares propios o cercanos. Se requiere de iniciativas innovadoras lo más integrales posibles. Como lo propone el Papa Francisco: “La familia se convierte en sujeto de la acción pastoral mediante el anuncio explícito del Evangelio y el legado de múltiples formas de testimonio, entre las cuales: la solidaridad con los pobres, la apertura a la diversidad de las personas, la custodia de la creación, la solidaridad moral y material hacia las otras familias, sobre todo hacia las más necesitadas, el compromiso con la promoción del bien común, incluso mediante la transformación de las estructuras sociales injustas, a partir del territorio en el cual la familia vive, practicando las obras de misericordia corporal y espiritual” [4].

En la dimensión de la interioridad, tenemos un gran legado espiritual, teológico y pastoral al cual podemos recurrir. No debería sorprendernos la oportunidad de mirar hacia nuestro interior y, en primer lugar, describir ahí los miedos, las angustias y zozobras que nos atacan en estos tiempos de crisis, para posteriormente, reencontrar en la paz interior las respuestas con las que el Buen Espiritu nos conforta y consuela. Quienes hemos vivido el contagio del Covid-19 y las emociones que éste desencadena, hemos tenido la oportunidad de reconocer – a pesar del miedo por la posible gravedad de la enfermedad y la incertidumbre ante los sistemas de salud colapsados – al Señor que nos conoce más de lo que nos conocemos a nosotros mismos y ahí nos espera para el reencuentro, para escucharnos y consolarnos. Es la ocasión para, dentro de esa crisis, experimentar la armonía física y espiritual, en la que el Señor es el sentido creador de nuestras vidas. Es el momento para un diálogo integrador: “Espiritu Santo, viento y oxígeno que sostiene mis pulmones; maravilla providente del Creador, fortalece mi sistema inmunológico para superar toda invasión viral. Vuelve mi respiración serena, donde cada inhalación y cada exhalación sean una alabanza contínua al Señor que camina comprometido, acompañando a la humanidad, en esta nueva historia de miedo, dolor y muerte, renovando a través de la ciencia y la solidaridad humanas, la esperanza de un mundo renovado y fortalecido, vuelto de nuevo a las mejores causas de la humanidad”.

De nuevo, el Papa francisco nos convoca a una perspectiva integral de la pandemia, al señalar que “ha dejado al descubierto la difícil situación de los pobres y la gran desigualdad que reina en el mundo”, y peor aún, “las ha incrementado”[5]. En este mismo sentido su propuesta es doble: “es indispensable encontrar la cura para un virus pequeño pero terrible, que pone de rodillas a todo el mundo. Por el otro, tenemos que curar un gran virus, el de la injusticia social, de la desigualdad de oportunidades, de la marginación y de la falta de protección de los más débiles. En esta doble respuesta de sanación hay una elección que, según el Evangelio, no puede faltar: es la opción preferencial por los pobres”[6]. Propone asumir como tarea la unidad entre lo exterior, y la interioridad: “Con el ejemplo de Jesús, el médico del amor divino integral, es decir de la sanación física, social y espiritual (cfr. Jn 5, 6-9) – como era la sanación que hacía Jesús -, tenemos que actuar ahora, para sanar las epidemias provocadas por pequeños virus invisibles, y para sanar esas provocadas por las grandes y visibles injusticias sociales”[7]. Y que desde nuestra interioridad nos comprometamos con nuestra historia presente: “Que el Señor nos ayude, nos dé la fuerza para salir mejores, respondiendo a la necesidad del mundo de hoy”[8].

 

[1] Centros de diversión, generalmente nocturna, con música y consumo de alcohol y/o estupefacientes.

[2] En la mayor parte de México hemos tenido dos etapas de cada color del semáforo, con una duración de varios meses cada uno, desde marzo de 2020.

[3] “Decimos vulnerabilidad porque es posibilidad -no siempre el hecho realizado -de ser heridos. Es en las relaciones humanas, principalmente, donde esa posibilidad se hace actualidad -persona vulnerada- o se vuelve condición de posibilidad para el florecimiento de otras potencialidades propias del encuentro entre personas”. Carolina Montero (2012). Vulnerabilidad, reconocimiento y reparación. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Alberto Hurtado. p. 65-66.

[4] Papa Francisco. (2016). Carta Encíclica Postsinodal Amoris Laetitia. Roma: Editorial Vaticana. Nº 290.

[5] Papa Francisco. Audiencia General, 19 de agosto de 2020. Cfr. http://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2020/documents/papa-francesco_20200819_udienza-generale.html

[6] Ídem.

[7] Ídem.

[8] Ídem.