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Paternidad responsable o aborto masculino

Tradicionalmente el término paternidad responsable se aplica al número de hijos que desea tener una pareja, al tiempo adecuado para tenerlos y a los métodos anticonceptivos que eligen emplear para cumplir sus objetivos[1]. De igual manera, la palabra aborto se asigna convencionalmente a la interrupción del embarazo tanto espontáneo como intencional. Sin embargo, si se profundiza en la realidad que aluden, el significado atribuido a cada una de las expresiones puede ampliarse y cuestionar los límites conceptuales con los cuales se comprenden en la actualidad.

En un sentido más profundo la paternidad responsable es un asunto que supera por mucho el límite de la pareja, es una cuestión que también afecta a la persona, a la familia nuclear, a la familia extensa, a la comunidad, al país y al mundo. No solo es cuestión de cuándo y cuántos hijos se piensa tener, sino de qué seres humanos se desea formar para entregar a la sociedad y al planeta. Realizar esta tarea responsablemente implica la misión de acompañarlos, guiarlos y estar comprometidos con ellos y ellas hasta que lleguen al puerto de la madurez y la autonomía en donde lo social, lo político, lo económico, lo cultural, lo religioso y lo familiar confluyen.

Si bien la procreación y la formación de un ser humano es un tema fundamental para la existencia, tanto personal como comunitaria, la responsabilidad parece recaer principal y casi exclusivamente en las mujeres y es aquí donde entra en juego la segunda palabra: aborto. Tradicionalmente, por entenderse exclusivamente como interrupción del embarazo y por efectuarse en el cuerpo femenino, la discusión ética y legal gira en torno al derecho de nacer del producto, pero no en torno al derecho a tener las condiciones necesarias para formarse como persona[2].

Aunque la procreación implica obligadamente a dos sujetos, la condena y las consecuencias legales, en los países que aplica, o moral, en todos los casos, sólo abarca a uno de los miembros de la pareja y es aquí donde se necesita reflexionar. Sin considerar los casos de varones dispuestos a ejercer su derecho y responsabilidad, los de mujeres que la evaden, que llega a suceder; o aquellas situaciones donde ambos asumen consecuentemente su tarea independientemente de las circunstancias de la concepción, la aceptación, el establecimiento del vínculo afectivo y el enfrentar los compromisos de un hijo o hija en el caso masculino ha sido a lo largo de la historia una elección avalada incluso por la legislación mientras que para las mujeres una obligación penada social y en ocasiones legalmente cuando no se lleva a cabo.

Efectivamente, en el cercano Medio Oriente Antiguo el aborto intencional por parte de la mujer era castigado con la pena máxima, comparable con alta traición, pero permitía al varón dejar morir a la intemperie al crio no deseado[3]. Después de casi cinco mil años esta costumbre de elegir por cual descendiente se hace responsable sigue vigente. Así, el desamparo del hijo o hija por parte del varón en cualquier momento de su desarrollo parece ser un acto aceptado y solapado por toda la sociedad aun cuando esto afecte no solo al menor y sus posibilidades para un desarrollo armónico físico, emocional y social, sino a la comunidad entera.

Ciertamente los documentos eclesiales que han hablado de la prole[4] siempre se han manifestado por la responsabilidad de los padres frente a sus hijos; sin embargo, esta visión ha quedado limitada exclusivamente a los hijos nacidos dentro de familias que han recibido el sacramento del matrimonio, con lo cual han dejado fuera todos los demás casos, han apoyado indirectamente el abandono y, en algunos casos, no han sido capaces de sostener el vínculo y la responsabilidad para con los menores cuando la pareja rompe.

La negación de la paternidad, en casos de embarazos no deseados, el abandono de hijos ya nacidos en cualquier etapa de su desarrollo independientemente de la causa, así como de la relación presente en la pareja e incluso la violación son reflejo de esta comprensión injusta y limitada que bien puede conceptualizarse como aborto masculino.

Si bien es cierto que el hijo o la hija abandonada conservan físicamente la vida, las condiciones sociales, económicas y afectivas quedan mutiladas y su existencia condicionada. Esta comprensión distorsionada de la paternidad cobra una dimensión aún mayor cuando el padre, ya viejo y necesitado, regresa para que los hijos o la mujer se hagan cargo de él reclamando su derecho sanguíneo. Acontecimiento que confirma, la carencia de compromiso del padre hacia sus hijos e hijas, pero sí la consideración de que ellos y ellas deben responder a sus necesidades.

La persistencia de la comprensión de una paternidad voluntaria para los varones se ha manifestado en diferentes grados, aplicado en diversas situaciones y estado presente en ambos géneros. Esta situación ha sido producto de creencias que han permanecido por miles de años en las costumbres de los pueblos que ni siquiera ha permitido su cuestionamiento, análisis y consideración; sin embargo, la realidad actual reclama reflexionar con relación al compromiso que se tiene como humanidad en la formación de las personas, especialmente de los padres.

Posiblemente la palabra aborto sea inadecuada para denunciar esta injusticia; no obstante, carecemos de una palabra con la suficiente carga de censura para cimbrar las conciencias, invitar a la reflexión e impulsar una respuesta ética frente al problema.

Litigar a favor del menor para obtener una pensión económica que contribuya a su manutención, es un logro civil que ayuda, indudablemente, pero desde el momento en que es llevado a la corte para reclamarlo denota su incapacidad para despertar un auténtico sentido de paternidad efectiva, afectiva y protectora en función de la criatura, tarea en la que es indispensable trabajar para ser congruentes con el mensaje evangélico.

[1] Los números 50 y 51 de Gaudium et spes abordan el tema sin emplear específicamente el término.

[2] Discusión que solo parece ser importante cuando se trata de impedir adopciones por parte de familias homosexuales.

[3] Ver Gerda Lerner, La creación del patriarcado, 180-191.

[4] Ver Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, Evangelium Vitae, Dignitas Connubii (Dignidad del matrimonio) – Instrucción pontificia para la tramitación de las causas de nulidad, Matrimonio y “Uniones de Hecho”: Reflexiones del Pontificio Consejo para la Familia, IV Encuentro Mundial de las Familia: Discurso del Santo Padre Juan Pablo II – 25 de enero de 2003, Homilía de S.S. Juan Pablo II en la celebración del Jubileo de las Familias –
15 de octubre del 2000
, Sexualidad humana: Verdad y significado: Pontificio Consejo para la Familia, Consideraciones acerca de los Proyectos de Reconocimiento Legal de las Uniones entre Personas Homosexuales, Carta a las Familias de Su Santidad Juan Pablo II, La Santidad del Matrimonio, S.S. Juan Pablo, Padre enseña a los hijos tu fidelidad, Mons. John J. Myers, Conclusiones del Congreso teológico-pastoral “Los hijos, primavera de la familia y de la sociedad”
11-13 de noviembre de 2000, Pontificio Consejo para la Familia
, Carta Pastoral sobre la estabilidad e indisolubilidad del matrimonio, Cardenal Francisco Javier Errázuriz, Chile. (Para descargar)