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Porque fui migrante y … ¿me acogiste?

Aunque la movilidad humana es una práctica histórica que ha acompañado al ser humano desde siempre, actualmente el panorama mundial presenta un notable incremento al surgir más causas que provocan migrar. El Informe sobre las Migraciones en el Mundo 2024 de la Organización Internacional de Migraciones (OIM) indica que en 2020 había en el mundo aproximadamente 281 millones de migrantes internacionales, lo que equivale al 3,6% de la población mundial en comparación con el 2,8% en 2000 y el 2,3% en 1980 que señala la ONU. Ese aumento trae consigo una vergonzosa justificación en la instauración de políticas migratorias y de frontera excesivamente restrictivas y deshumanizantes en las que los derechos humanos de la persona, así como los principios básicos de fraternidad y de acogida se diluyen, como es el caso de la migración en el continente americano.

América del Norte tiene una mención especial ya que Estados Unidos (EUA) es el primer y principal país de destino desde hace ya muchos años y México es el corredor migratorio más transitado a nivel mundial y, aunque con cifras y por razones diferentes, de acuerdo con las Estadísticas migratorias para México de 2023 de la OIM, se está convirtiendo en un país de destino para la migración internacional. En este reporte se indica que entre 2000 y 2020 la población inmigrante aumentó en un 123%, proveniente mayoritariamente de países centroamericanos, lo que se repite en los datos registrados en su Boletín del segundo trimestre de 2024 con la indicación de un incremento de personas de nacionalidad venezolana y otras provenientes de países extracontinentales, principalmente India, China, Mauritania, Guinea y Senegal.

Al elevarse el número de personas que esperan cruzar la frontera entre México y EUA los dos países enfrentan tensiones significativas y con ello crece la percepción negativa de la sociedad hacia la migración; y ahora, con los cambios presidenciales, se está delante de un cambio de paradigma respecto a las políticas migratorias que se proyectan implantar. Ambos tienen la mirada puesta en la persona migrante, aunque no de la misma manera ya que cada uno tiene intereses particulares, siendo el punto de encuentro el que ninguno tiene demasiado interés en prestar atención a la compleja realidad del fenómeno migratorio y por ende de quienes claman ser escuchados y mirados. Esto no es algo nuevo, viene de mucho, mucho tiempo atrás y la administración anterior de Donald Trump es la que lo ha hecho más patente. En estos últimos períodos y para no ir más lejos, México desde 2018 con Manuel López Obrador pasó de un discurso de supuesta apertura y entendimiento con las personas migrantes a romper récord de arrestos. Los acuerdos que estableció con Trump acrecentaron las deportaciones de personas migrantes y con Joe Biden no fue muy diferente, al implementarse un enfoque mixto de restricciones migratorias limitando el otorgamiento de asilo y acuerdos para reforzar el control migratorio.

La consecuencia más tangible es que se ha fomentado la criminalización de la persona migrante, lo que irá al alza, ya que a partir de noviembre de 2024 estamos siendo testigos de directrices que evidencian abiertamente un pensamiento xenófobo radical, excluyente e inhumano. Las estrategias políticas y administrativas que se avecinan, reitero, ya se han intentado establecer con anterioridad, lo que sorprende es que cada vez más cuentan con un importante soporte social, solamente basta con mirar los resultados de las votaciones presidenciales. De acuerdo a las fuentes de noticias como The Associated Press o Reuters, Trump obtuvo 77.303.573 votos de los cuales un 45% fue de población hispana superando el 32% que obtuvo en las elecciones de 2020, lo que en definitiva exterioriza el apoyo a un discurso antinmigrante.

Lo que prima para Trump no es atender las necesidades y realidades de la población migrante, sino arremeter contra ella, como ya lo demostró en su mandato anterior. Sin ningún tapujo se enfoca en la búsqueda y aplicación de medidas más taxativas para reducir, o más bien evitar la migración, a la par de implementar restricciones más severas al sistema de asilo y poner en práctica a toda costa las propuestas de deportación masiva. En México, país que no es únicamente lugar de origen, sino también de tránsito, de destino y de deportación, se presagia una continuidad en la escasa protección legal y humanitaria que hasta el día de hoy se ha prestado; así como, recrudecimiento de un contexto de violencia, indiferencia y pasividad que Claudia Sheinbaum hereda y que no le es ajeno.

La estrategia de Trump es la de presionar nuevamente a México para que sea el muro de contención y que continúe siendo el lugar de retorno de personas migrantes, mexicanas o no, que se encuentran ya en EUA, pero al no tener la condición legal para poder permanecer en el país, seguirán siendo deportadas[1] aún y cuando el coste e impacto económico que implica, tanto en proceso como en el aspecto laboral, sea muy alto. Ya Trump desaprobó y combatió la aplicación de programas tendentes a la obtención del permiso de permanencia legal tanto para quienes ya estaban en el país como los que recién habían llegado o intentaban llegar, y eso es lo que se repetirá, ya que, en ese entonces como ahora, no es importante si las personas tienen estatus legal ni las repercusiones personales y familiares, simplemente es diseñar sistemas normativos que no les beneficien de ninguna manera. No olvidemos que recién ganada la presidencia volvió a manifestar, como lo hizo en campaña, que no separaría familias ya que deportaría todo el contingente familiar incluso si hay miembros estadounidenses.

Para el gobierno de México las detenciones y las deportaciones son la moneda de cambio ante las presiones de Trump. Es un acuerdo de interés político-económico que intenta evitar enfrentamientos directos y que desatiende razones humanitarias. Por ello, lo que se teme es que, aunque Sheinbaum diga que se brindará apoyo, en realidad no se implementará medidas de protección para los migrantes sean nacionales o extranjeros, ni para las organizaciones o asociaciones que intentan dar apoyo legal y asistencial. No se atenderá el origen estructural que provoca la migración mexicana ni se desarrollará políticas migratorias favorables que puedan llegar a aplicarse de manera conjunta con países centro y sudamericanos. Tampoco se hará una previsión o planes de acogida para las personas retornadas a sabiendas que no se tienen los medios estructurales, recursos ni asistencia para hacer frente a la recepción, permanencia y en su caso retorno a los países de origen de cientos y miles de personas que seguirán afrontando esta situación. Los refugios están saturados y muchos de ellos son amenazados y cerrados por grupos y organizaciones delictivas. En este punto, hay que recalcar que mucho menos se enfrentará al crimen organizado que es quien tiene el control del paso migratorio. No se puede pasar por alto, que las rutas migratorias y las ciudades fronterizas de México son extremadamente peligrosas, los cárteles y mafias están al acecho de las personas migrantes, sabiendo que las retornadas están en una posición de vulnerabilidad extrema y de ello sacan doble provecho.

Ante este escenario, el versículo bíblico del Evangelio de Mateo (Mt 25, 35) “Porque tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; fui forastero, y me acogiste”, parece carecer de sentido. Este pasaje que describe las acciones de amor y acogida hacia los más vulnerables es clave en muchas reflexiones éticas sobre la hospitalidad, la justicia social y la atención hacia las personas desplazadas; y, por ello suena vacío ante administraciones cuyo interés no se centra en la persona migrante ni en la protección de sus derechos humanos[2]. Empero, aquí cabría finalizar preguntándonos sí ¿lo que se visualiza a través de los dirigentes políticos, es solamente desinterés o también mezquindad con el beneplácito de una gran parte de la sociedad?

Sea cual sea la respuesta, más allá de reprochar a gobiernos que actúan con displicencia o a una sociedad que aprueba esta actitud, es fundamental redirigir la escucha y la mirada hacia el emigrante y el refugiado como hermano que debe ser acogido, protegido, respetado y amado. No perder de vista que todos somos ger un “forastero en la tierra”[3] (Sal 119, 19) y eso nos debería de llevar a poner en el centro a la persona migrante, en pensar en su dignidad y en comprometernos a luchar de manera fraterna por un mundo mejor.

[1] Algunas de las cifras más recientes indican que Guatemala recibe un 68% de personas deportadas por EUA y 32% provenientes de México. Hay que tener en cuenta que todos los datos que hacen referencia a la movilidad humana son muy variables.

[2] Aunque aquí me estoy refiriendo exclusivamente a México y Estados Unidos, esta situación lamentablemente no es exclusiva de ellos, repitiéndose en varios puntos del planeta.

[3] Utilizo la palabra hebrea ger traducida mayoritariamente como forastero, extranjero, aquel que vive en un lugar de manera temporal lejos de su tierra y que en las escrituras se exhorta a cuidar, y aunque la referencia del salmista vaya más allá del mundo terrenal, considero que es aquí y ahora donde se nos interpela a actuar.