La acelerada expansión de la inteligencia artificial (IA) constituye uno de los desafíos antropológicos y éticos más relevantes de nuestro tiempo. No se trata únicamente de una innovación tecnológica, sino de un fenómeno que reconfigura la comprensión del ser humano, de sus relaciones, de sus valores y de sus intereses. En este contexto, la Iglesia católica, fiel a su misión de discernir los “signos de los tiempos”, se ha visto interpelada a ofrecer directrices que acompañen al uso responsable y transparente de la IA desde el horizonte del humanismo cristiano que no la absolutice ni la estigmatice, sino que la sitúe correctamente como una herramienta al servicio de la persona. Desde esta perspectiva, se acentúa que la dignidad humana, con base en la creación a imagen y semejanza de Dios y plenamente revelada en Cristo, constituye el criterio último para evaluar el desarrollo y la aplicación de las tecnologías emergentes.
Lo dicho hasta aquí no es nada novedoso en los últimos años, sin embargo, esta reflexión me surge al escuchar continuamente el reproche de que la Iglesia “nunca está al día” de las necesidades y realidades del mundo contemporáneo, frente a la constatación de su profundo interés y la manera en la que se ha posicionado respecto a los adelantos tecnológicos, ofreciendo criterios éticos claros y promoviendo una cultura digital en aras del bien común y donde la persona y su dignidad sea lo prioritario.
Para la Iglesia, es primordial no perder de vista la dimensión humana en relación con la IA, por lo que, consciente de este desafío, se ha dado a la tarea de meterse de lleno en indagar cómo esta irrupción tecnológica se entiende, qué se espera de ella y el papel que desempeña en la vida ordinaria. En esta búsqueda, procura dar respuestas preparándose para acompañar y educar, generando espacios de diálogo, reflexión ética y capacitación, que permitan discernir y orientar un empleo de la IA que evite reducir al ser humano a un mero usuario, o un objeto, desplazado y dominado sin libertad ni responsabilidad.
Al papa Francisco le tocó de pleno esta era de transformación, asumiéndola como parte esencial e invitando a adentrarse sin miedo; pero, es justo en este punto que cabe recordar que la preocupación y aportación de la Iglesia en el discernimiento ético de las innovaciones tecnológicas no es reciente, sino que forma parte de una reflexión magisterial sostenida sobre la técnica como realidad constitutiva de la cultura humana.
Mucho antes del actual desarrollo de la IA, ya se ha ido alertado sobre una ambigüedad ética y moral en el progreso tecnológico, específicamente en relación con los medios de comunicación, la automatización, la ciencia y la organización técnica del trabajo, lo que se advierte en la Carta Encíclica Miranda Prorsus del papa Pío XII sobre la responsabilidad moral en el cine, la radio y la televisión; así como en la indicación del pontífice Pablo VI en el Decreto Inter Mirifica sobre el recto uso de los medios de comunicación social para el bien común y la evangelización; o, la preocupación de San Juan Pablo II por un mundo en el que el ser humano corre el riesgo de ser dominado por lo que él mismo produce sin atender en la evolución de la técnica a la exigencia de un desarrollo proporcional de la moral y de la ética que señala en la Carta Encíclica Redemptor Hominis; hasta la insistencia del papa Benedicto XVI de que la comunicación digital debe estar guiada por la verdad y la responsabilidad moral, evitando que el mundo virtual eclipse la autenticidad y reduzca a las personas a categorías, como indicó por ejemplo en la XLV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales Verdad, anuncio y autenticidad de vida en la era digital.
En este horizonte de continuidad, nos situamos delante la IA como una expresión actual de un mismo desafío antropológico, que es garantizar que el desarrollo técnico permanezca al servicio del ser humano y no se convierta en causa de deshumanización. Por lo que, teniendo como eje que toda tecnología debe ser evaluada a la luz de la dignidad de la persona humana y del bien común, en febrero de 2020 la Academia Pontificia para la Vida organizó el congreso RenAIssance. Por una Inteligencia Artificial centrada en el ser humano que dio como resultado la firma y adhesión de varias organizaciones al Llamamiento de Roma por la ética de la IA. En 2021 el papa Francisco instituyó la Fundación RenAIssance para continuar la reflexión antropológica y ética sobre el impacto de las nuevas tecnologías en la vida humana, lo que ha suscitado nuevas, continuas e importantes adhesiones al Llamamiento, entre ellas la de lideres religiosos del catolicismo, judaísmo e islam en el evento Ética de la IA: un compromiso abrahámico con el Llamado de Roma de 2023. En esa ocasión el Papa señaló la importancia de una IA conforme al bien común, la casa común, la fraternidad, la justicia y la paz, principios de la Encíclica Fratelli tutti.
El mensaje de la Jornada Mundial de la Paz de 2024 Inteligencia Artificial y Paz, vino a reforzar la inquietud existente ante los avances de la IA y su impacto en la actividad humana, la vida personal y social, la política y la economía, requiriendo que su desarrollo promueva la justicia y la paz en el mundo, orientando su concepción y uso de modo responsable. Otro documento que ofrece una reflexión doctrinal‑ética sobre la IA a la luz de la antropología cristiana es la nota sobre la relación entre la IA y la inteligencia humana Antiqua et Nova, publicada en enero 2025 por los Dicasterios para la Doctrina de la Fe y el de la Cultura y la Educación del Vaticano, que parte de la frase neotestamentaria “el trigo nuevo y el viejo se juntan en el mismo granero” (Mt 13,52) indicando el valor de conservar la herencia de la fe, que es lo “antiguo” y, al mismo tiempo, aprender a vivir los desafíos de la era digital que es lo “nuevo”.
La constante de la dignidad de la persona humana y la sacralidad de la vida nos sitúan frente al actual Pontífice León XIV quien en su Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza de octubre de 2025, expone que “El punto decisivo no es la tecnología, sino el uso que hacemos de ella. La inteligencia artificial y los entornos digitales deben orientarse hacia la protección de la dignidad, la justicia y el trabajo; deben regirse por criterios de ética pública y participación; deben ir acompañados de una reflexión teológica y filosófica a la altura” (n. 9.3).
Todo esto, hace palpable que la Iglesia alude a que el humanismo cristiano no puede entenderse como un antropocentrismo cerrado o autosuficiente, y que la diferencia de ciertos humanismos modernos que absolutizan la razón, la autonomía o el progreso técnico, radica en que la visión cristiana concibe al ser humano de forma integral, es decir, cuerpo y alma, razón y afectividad, libertad y responsabilidad, apertura a los otros y apertura a la trascendencia. Desde esta clave, refuerza —reconoce— la idea de que la dignidad humana no es otorgada por la eficiencia, la productividad ni la utilidad social, sino que es inherente a toda persona por el simple hecho de existir. Principio que resulta decisivo frente a una cultura tecnocrática que tiende a reducir al ser humano a datos, funciones o recursos. Nos pide recordar la importancia de integrar las aspiraciones modernas —derechos humanos, libertad, progreso— dentro de una visión que comprenda que “el humanismo verdadero debe abrirse hacia el Absoluto, en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana” (n. 42), tal como el Papa Pablo VI afirmó en Populorum Progressio.
La Iglesia, como se ha expuesto, habla de riesgos y desafíos significativos de tiempo atrás, retos que ahora se cristalizan con la IA, por ejemplo, en la despersonalización al ver la manera en que las personas son tratadas y expuestas como meros perfiles, estadísticas o consumidores, perdiendo el reconocimiento del otro como rostro concreto y como hermano; o el sesgo, que lleva a la discriminación ya que los algoritmos pueden reproducir y amplificar desigualdades sociales, económicas, étnicas o culturales presentes en los datos con los que son entrenados; o la manipulación de la conciencia a través de las redes sociales que evidencia cómo los sistemas algorítmicos pueden influir en deseos, decisiones y comportamientos, debilitando, alterando y condicionando la libertad personal.
Pero igualmente, ante el “paradigma tecnocrático” actual que absolutiza la eficiencia y el control, la Iglesia reafirma el compromiso de no permanecer al margen de la evolución tecnológica e invita a habitar el mundo digital formando conciencias críticas y promoviendo en éste, una cultura del encuentro que haga hincapié en la primacía de la persona sobre la técnica, sin olvidar que los avances técnicos son fruto de la creatividad y la inteligencia del ser humano —dones que provienen de Dios—.