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Sin amor nada somos

¿Qué son las crisis? El Estado, los economistas, los políticos inmersos en tantas crisis buscan respuestas para ellas, tan fáciles de identificar y tan difíciles de solucionar. No sabemos resolver las crisis, ni siquiera definirlas.

Todo se torna más valioso cuando estamos privados de lo esencial por mucho tiempo. El valor de la crisis es lo que ella purifica (F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal). Todas las crisis de la historia no pasan de anticipaciones de la única crisis imprescindible, de la cual estamos seguros desde que nacemos y que irrumpe como horizonte último. La muerte es la crisis por excelencia, la crisis crucial. La muerte decide y con ella todo termina. En la muerte, la verdad sobre la vida. Mi muerte decide mi vida y le da su verdad: “¿Será posible que solamente la muerte sea verdad?” (F. Dostoyevski, Los Hermanos Karamazov).

¿Hay en tantas muertes de estos tiempos (pandemia, guerra en Ucrania, etc.) algún sentido de redención, de salvación? ¿Delante de los hechos, podemos soportar el fardo de nuestros actos?

El mal nos destruye con una lógica inmutable. Su lógica nos conduce al misterio de la iniquidad. Lo peor, en el mal, es la lógica de la venganza que bloquea la verdad. El momento supremo del triunfo de la lógica del mal es acusar a quien soporta un mal universal: Dios. Como si eso restableciese la normalidad. Al contrario, la lógica del mal nos despoja del amor, nos lleva a la nada. La nada que destruye a todos.

Fausto, de J.W. Goethe, al escoger perder su alma para dominar el mundo, ejerce la autoridad de la muerte y solo triunfa por la muerte. Es la lógica diabólica de la “necro-política” y de la “necro-economía”. Con ellas, la tragedia se tornó irrestricta. Aun así, continuamos creyendo que todo es posible y tiene solución. ¿De qué salida se está hablando? ¿Volver a la normalidad de las tragedias que ya integran nuestro paisaje? ¿Esperamos por esta crisis letal para descubrir lo que realmente es importante en nuestras vidas?

El ser que muere realiza un acto que lo eterniza, y que lo hace pasar para la perpetuidad, cuando sus acciones lo aproximan de Dios. En la muerte, descubrimos que la realidad era apenas una cuestión de amor. Es irracional partir de un punto de vista diferente al amor, cuando la vida muestra que solo el amor es esencial.

El amor define el horizonte último de la condición humana. Quien ama comprende mejor la realidad. La suya, la del otro, la del mundo. El amor no respeta la racionalidad de las lógicas humanas, él tiene su propio rigor, decía San Agustín: “por ventura, se dice que ¿no deben amar alguna cosa? ¡De modo alguno! Inertes, muertos, abominables y miserables: he aquí lo que seríamos si no amásemos. ¡Entonces, mucha atención al que es digno de tu amor!”.

El amor se da entre el tiempo humano y la eternidad que se nos escapa. No se trata de una elección, sino de algo anterior a cualquier voluntad o decisión. Amar no depende de ser, pues podemos amar tanto lo que todavía no es como lo que ya no, es más.

Es hora de desnudar el amor de las representaciones y de los presupuestos establecidos que transforman el otro en mero objeto casual.

Esta es la crisis crucial.

Crucial viene de cruz. Solo el amor que todo lo soporta (1Cor 13,7) puede hacer ver el abandono del Amor en la figura de la humanidad. El amor es un predicado de Dios (1Jo 4,8), de la humanidad, él es mandamiento: ¡Ámense! Amamos porque Dios nos amó primero. El Amor se da al mundo amando hasta el fin. ¿Qué, si no el Amor, se expuso más a los absurdos de la humanidad? Este Amor rechazado provoca una crisis de identidad en nosotros que exige una decisión delante no solo de la propia muerte, sino de la muerte del otro.

Al final, ¿para que el amor? Para existir para siempre, el amor nos abre las puertas de la eternidad. “Tu inicias tu historia con el inicio del amor y acabas junto a la tumba. Pero aquella eterna historia de amor inició mucho antes. Inició con tu inicio cuando pasaste a existir saliendo de la nada. Y tanto es verdad que no volverás a la nada, como es verdad que tu historia no acabará en la tumba” (Kierkegaard).

Son tiempos de amar sin ver. Cuando es preciso ver para amar, entonces no es amor de verdad. Porque el amor siempre permanece, en la presencia y en la ausencia. Invirtamos el “ver para amar”. Amar lo ausente es amor sin retribución. El cristiano no precisa ver para amar. Pero precisa amar para ver. Quien ama de verdad saborea algo de eternidad en el tiempo: el amor de Dios, a quien no se ve. Como dice el Papa Francisco en Fratelli Tutti “hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor” (n° 68).

La verdad a la cual el amor nos conduce es la que me da a conocer no solo a Dios, sino a mí mismo. “Ahora vemos por enigma, como en espejos, pero entonces veremos cara a cara; entonces conoceremos plenamente, de la misma forma como soy plenamente conocido” (1Cor 13,12).

Que en estos tiempos sombríos “permanezcan estas tres cosas: la fe, la esperanza y el amor; pero la mayor de todas es el amor” (1Cor 13,13). Se puede perder la fe y hasta la esperanza misma. Pero jamás el amor. ¿Quieres ser alguien en la vida? ¡Ama! Porque, “sin amor nada serias” (1Cor 13, 2).

“Es preciso amar a las personas como si no hubiese mañana” (Renato Russo).