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Sinodalidad y Creatividad: Pueblo de Dios Como Sujeto: Jurídico Estético Teológico

El encuentro es un arte, el desencuentro un desc-arte. Isidoro Ducasse, Conde de Lautréamont, definió al arte como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección. Francisco, Pontífice Catolico, define la cultura del encuentro como unidad en la diferencia sobre una mesa de diálogo social. Finalmente, desde la filosofía griega hasta la sabiduría de las periferias, eso es el amor: un encuentro fortuito que genera atracción entre los cuerpos para que, como dice el  evangelio, tengan vida en abundancia (Juan. 10,10).

El encuentro amoroso es un arte que no surge de una ideología, de una estrategia, ni de una necesidad. Por el contrario, es el arche de un sueño. El encuentro acontece cuando partes aparentemente inconexas armonizan generando un nuevo sentido para la vida. Sólo se necesitan dos cosas para que el encuentro se encarne: espacio y tiempo. Se necesita hacer espacio, como en el arte, para que un proceso creativo fortuito genere nuevas relaciones de las que emerge un nuevo sentido que ponen en movimiento a los pueblos. Se necesita tiempo para que los cuerpos se encuentren y hagan historia. A veces, el espacio emerge como caos generado por relaciones de desconocimiento. Aun ahí se produce el origen fortuito de un nuevo comienzo cuando los actores se disputan la identidad como sujeto jurídico. Si logran la universalidad de ese reconocimiento, tendremos una bella cultura del encuentro; si triunfan unos sobre otros, tendremos una fea cultura del descarte.

El Sínodo de la Sinodalidad busca generar espacios de diálogo que pongan en marcha  procesos que generen una cultura del encuentro. Sintetiza esa práctica como: comunión, participación y misión.

Una cultura del encuentro supone: por un lado, la co-creatividad humana, a imagen y semejanza de un Dios creador, para generar nuevos procesos vitales; por otro lado, supone la co-rresponsabilidad humana para sostener en la vida. Eso es la libertad: libertad para crear y cuidar, antes que para consumir y vetar – en el sentido de las libertades negativas de corte liberal -.  La libertad supone el juicio estético para unir y dar sentido; para re-unir las cosas de otro modo al que fortuitamente fueron unidas en un principio y luego naturalizadas en detrimento de la dignidad humana.

La unidad en la diferencia que promueve el Papa Francisco para una cultura del encuentro: ¿será algo así como el arte del encuentro del que hablaba el Conde de Lautréamont? ¿Podría decirse, por analogía, que una cultura del encuentro supone la unidad fortuita de las infinitas partes en las que ha quedado dividido un pueblo? Si así fuese, el proceso sinodal que pone en marcha Francisco invita a ser creativos, a ser artistas.

El Sínodo de la Sinodalidad se conforma en torno a tres conceptos: comunión, participación y misión. Francisco, en su homilía del día 10/10/2021 se detuvo en tres verbos sinodales que se vinculan necesariamente con esos conceptos: encontrar, escuchar, discernir. Eso significa, si los ponemos en relación: comunión es cultura del encuentro; participación es escucha; y misión es discernimiento.

Volviendo al arte como unión libre, invito a crear un encuentro fortuito, sobre una imaginaria mesa de diálogo social, entre los vocablos mencionados al estilo de Isidoro Ducasse. Primero sugiero descomponer cada uno de ellos en un elenco de acciones que los expresen; luego invitó a establecer entre estos, libremente, relaciones que para nosotros tengan algún sentido. Como resultado obtendremos, con cada relación, un verso. La suma de todos esos versos o relaciones, en principio aparentemente inconexos entre sí, si los unimos “juntos” -es decir, unidos por la unidad que genera el Espíritu que invocamos-, tendremos un poema sinodal que nos susurra al oído común la conversión.

El Sínodo de la Sinodalidad aparece en una práctica comunitaria creativa y co-creadora, aunque fortuita, porque la unidad -como repite Francisco- no supone una estrategia ya que con la sola presencia del Espíritu basta. No se trata de idear a priori un camino, sino de entrar en el camino y seguirlo a Él que es el camino. Se trata de dejar todo y unirse, como dijo Jesús al joven rico; luego sobreviene la estrategia.

Intuyo que muchos se estarán preguntado cuál es, quién es, o qué es ese sujeto jurídico estético teológico en disputa que mencioné al comienzo. Ese sujeto es el Pueblo de Dios, que no “es”, sino que “está” cuando las personas se convierten en sujeto comunitario, y eso ocurre cuando se encuentran o se unen casualmente, como las palabras de un poema. Ahora, el encuentro situado puede ser fortuito, pero supone la decisión de unirse como respuesta a un llamado: o nos unimos o nos hundimos, dijo Francisco en medio de un momento extraordinario de oración en tiempos de la pandemia. Esa decisión no es política, es estético-teológica, porque no responde a una estrategia sino a la fe y la confianza que son el acto concreto de amor: don.

El pueblo que camina sinodalmente “no está” en la  multitud de individuos sino en la asamblea de personas. Si bien su encuentro es fortuito, como en el enamoramiento, la decisión de unirse es personal: es un credo y un amén -de acuerdo con Ratzinger-, y no una demostración científico tecnológica de por qué creo -como diría Gianni Vattimo-, apelando a la seguridad. El Pueblo de Dios “está” donde hay uno o más en su nombre -Jesús-, invocando la presencia del Espíritu para saber qué hacer. El encuentro sinodal del Pueblo de Dios no es un encuentro partidario ni académico, es un encuentro litúrgico para saber qué hacer, es decir: cómo anunciar el evangelio (bautizar en su nombre y dar la noticia de la resurrección), y cómo cuidar la creación (planeta y personas) para que sea un mundo más habitable para todos. Si la unidad es armónica, “no” supone la simetría; el juicio estético consiste en unir las diferencias libremente, y para eso hace falta el gusto del genio -como diría Immanuel Kant-, y genios somos todos, todos como sujetos jurídicos.

De eso se trata la reforma de la Iglesia: de hacer que la belleza aparezca en el encuentro armonioso de las partes. No se trata de un cambio en el organigrama institucional, sino de una conversión que haga posible el encuentro fortuito entre seres humanos que hasta hoy eran desconocidos, y puedan reconocerse como fratelli tutti.

Propongo hacer una práctica artística con los vocablos del sínodo. Una unión libre entre sustantivos, adjetivos y verbos sinodales que, como toda unión libre, tiene sus límites para que el sentido aparezca como unidad simbólica y no desaparezca en la infinita división diabólica. Esto es el ABC de la retórica, de la mística y de la política. Veamos que sucede:

  1. Comunion. Común. Unión. Bien. Misterio. Sacramento. Fraternidad. Espiritual. Lograr la comunión significa lograr la común unión. Lograr que lo común sea percibido como un bien común. Misteriosamente la unidad, algo que parece casi imposible de lograr hoy en el plano de lo social -fragmentado infinitamente en lucha por identidades que la impiden-, es posible para la Iglesia, porque ella es -para quienes creen y confían en ella como Pueblo de Dios-, un misterio de la fe, un sacramento universal de salvación (Lumen Gentium-LG 48) que puede conformar la unidad entre los seres humanos, y entre éstos y Dios (LG 1). El catolicismo -hoy conducido pastoralmente por el Papa Francisco-, llama a la fraternidad, a la unidad a toda la familia humana, y propone realizarla mediante una práctica fortuita: caminar juntos como hermanos todos. No se trata solo de la unidad política que emerge ante la amenaza de muerte como medio de salvación física, sino también de una unidad espiritual como medio a la salvación mística, a la cual convoca una persona, no una demanda social o una ideología -como sucede en la política-, una persona divina: Dios. Esa común unión a la que se nos convoca es la creación, y nuestra respuesta es creatividad, es decir, una práctica artística para hacer del caos, Reino de amor y misericordia como modo de justicia.
  2. Participación. Escucha. Juicio. Decisión. Discernimiento. Sensus fidei. Escuchar implica participar. No dejamos participar a quien no escuchamos. No es solo hacer silencio y dar al otro un espacio para que hable, se queje o suene. Escuchar es autorizar de manera universal el juicio y la decisión, reconociéndolo como sujeto jurídico; de lo contrario, no hay escucha sino simulacro. La escucha que impulsa el sínodo supone el reconocimiento en todo bautizado de la capacidad de discernir comunitariamente, iluminado por el Espíritu, entre el bien y el mal común. Un sujeto con tal capacidad jurídica de ninguna manera es un individuo sino una comunidad, un pueblo que posee por gracia de Dios un sensus fidei para no equivocarse.
  3. Misión. Anuncio. Comunicación. Construcción. Evangelización. Corresponsabilidad. Diálogo. Conversión. Todo bautizado recibe la misión de anunciar el evangelio y construir un mundo más habitable. Por eso, la misión de evangelizar es un acto de corresponsabilidad, no solo porque nos involucra a todos en la misión, sino porque también somos destinatarios de esa misión y debemos dejarnos evangelizar -salvo que nos auto percibamos como iluminados, como sujetos por fuera del círculo hermenéutico -en términos gadamerianos- (Hans-Georg Gadamer). Se comunica en el diálogo social, y supone dejar de lado prejuicios para reconocer en el otro un sujeto jurídico, capaz de discernir, juzgar, enseñar, anunciar y ayudar. Para que la misión sea eficaz es necesaria la conversión. En este caso, convertirse significa volverse creativos a imagen de Dios; significa construir el reino de Dios creando común unidad en la diferencia generada por una lucha identitaria que resulta en un individualismo colectivo. Se construye siendo nosotros-pueblo, orando y juzgando como un pueblo, sin estrategia de adoctrinamiento, de dominio, ni de saqueo, con la convicción de que Dios está actuando en la historia.

Un pueblo entra en el camino de la reversa, es decir de la con-versión. La Iglesia no es un partido político que se instituye de arriba hacia abajo; la Iglesia, como todo pueblo, se constituye en movimiento, tomando la decisión de caminar juntos. El encuentro es un arte.