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Teología e interseccionalidad

El objetivo de este artículo es el de alimentar y alimentarme de los procesos que actualmente la teología está recorriendo. No es novedad que la teología tiene ciertas dificultades (y las ha tenido siempre) en su proceso de construcción del conocimiento inteligible de la fe y en su articulación de esta con la revelación, la interpretación bíblica y su discernimiento a la luz y a través de los signos de los tiempos.

En diferentes pronunciamientos, el Papa Francisco reflexiona sobre la urgencia de reactivar nuestra misión permanentemente, motivados por el Espíritu transformador y guiados por el Evangelio, reconociendo la fuerza de la Tradición y el Magisterio Eclesial, también debemos afirmar humildemente que estos referentes requieren del atrevimiento profético de las teólogas y de los teólogos.

A este propósito, el Sumo Pontífice y dirigiéndose a los que hacen teología moral[1], solicita que valientemente respondamos a las necesidades del Pueblo de Dios tomando en cuenta el centro o “corazón del kerigma” con actitud de diálogo interdisciplinario no sólo en los espacios eclesiales sino también en diálogo sincero y fecundo con otras áreas del conocimiento y saber humanos de la sociedad, motivadas y motivados siempre por la necesidad que tiene la humanidad de ser acompañada, de ser escuchada con misericordia, humildad y amor. Esta actitud nos permite reconocer la urgencia de superar una ética individualista, de denunciarla y anunciar una ética que respeta y afirma al individuo como un ser social y único a la vez.

La dinámica eclesial evidencia una apertura de varios espacios, uno de ellos es el de la teología y en particular de la ética teológica. Motivada por la línea magisterial de Papa Francisco, puedo también afirmar la necesidad de fortalecer la característica de la teología como una herramienta profética para la misión eclesial que requiere valentía para no callar y, como dice el Papa Francisco “no dudar en ensuciarse las manos”. [2]

En este entendido, afirmamos que la teología es una experiencia liberadora que puede (y debe) aportar en los procesos históricos en los cuales la humanidad busca afirmación de dignidad, justicia, amor y paz. Estos referentes éticos que han servido como criterios orientadores de la historia de la humanidad y que, desde un sentido escatológico, son verdades descubiertas, encarnadas históricamente en las culturas pero que continúan en proceso de realización y negación, por lo que requieren de este aporte profético de la teología.

En los últimos años, la visibilización de estructuras de pecado como macro-sistemas que reproducen la cultura de la muerte, por lo tanto, el sufrimiento de millones de seres humanos y de la violación a la vida en todas sus formas, requiere de una diferente aproximación desde la teología católica.

La vida, en sus diferentes formas de manifestarse, aún continúa siendo violentada por las hegemonías patriarcales, capitalistas y racistas. La compleja realidad de las sociedades requiere de una perspectiva interseccional que permita descifrar, evidenciar y denunciar los diferentes mecanismos que los sistemas hegemónicos del poder tienen para reproducir sus sistemas de muerte.

Varios de los análisis teológicos que realizan los colectivos ecologistas, indígenas, feministas y otros sectores identificados con los signos de los tiempos y sus consecuentes actividades se caracterizan, generalmente, por una estructura epistemológica de las realidades, enmarcada en la vivencia social occidental; queda como desafío la interacción desde diferentes escenarios, de estos procesos con los movimientos de otras teologías como por ejemplo las teologías ecologistas feministas indígenas que aportan al proceso de afirmación de la dignidad de las mujeres y de otros grupos subordinados, desde saberes, sentires y pensares liberadores, integradores y profundamente amantes de la vida, la justica y al dignidad.

Los movimientos de afirmación de derechos de los pueblos indígenas, requieren también de aportes desde una teología o de teologías que se alimenten, por ejemplo, de teologías feministas indígenas comunitarias que visibilizarán la presencia de elementos colonizadores en sus propios procesos sujetos a ideologías que buscan hegemonizar el poder del conocimiento e incluso de la experiencia de fe.

El racismo es uno de los mecanismos que persiste en la subjetividad de nuestras sociedades y que perpetua la multiplicación de los sistemas hegemónicos de poder, precisamente como mecanismos de colonialismo subjetivo. Se requieren procesos de visibilización de la negación de los grupos de afrodescendientes en condición de diáspora en relación a sus raíces, así como el reconocimiento crítico de las características de nuestros procesos blancoides que niegan o esconden estas realidades. La teología, al respecto, está transitando procesos extremadamente lentos, por ello, urge la escucha, el aprendizaje desde la alimentación de los aportes de estas teologías.

La reflexión y construcción teológica no está exenta de esta característica de la historia, el racismo también está presente en las construcciones e imaginarios referentes a lo sagrado y las comunidades de fe hacemos poco o nada por evidenciar estas negaciones, mucho más grave es la situación a nivel institucional, cuyos discursos oficiales reafirman la negación. Se requieren procesos complejos de visbilización y de autocrítica honesta que coadyuve en las liberaciones y reconocimientos.

La arquitectura teológica se ha caracterizado por esquemas, estilos, lenguajes y formas que no coadyuvan en la transmisión del mensaje liberador propiamente de lo divino, de lo sagrado en la vida de las personas; podemos probar articulaciones con lenguajes simbólicos que trasciendan la comprensión estrictamente racional a la que recurre la teología oficial y, desde la periferia, alimentar procesos distintos, esperanzadores y que tengan acogida en las diferentes poblaciones; acogiendo y en sintonía con la integralidad humana (emociones, ideas, reflexiones, análisis, símbolos, historias de vida, expresiones, etc.)

La presencia del espíritu divino en los procesos buscadores de la afirmación material de la dignidad de la humanidad y conscientes de la dignidad de la vida, de la creación divina presente en el cosmos, provoca el autocuestionamiento de la construcción teológica que ofrecemos a la misión eclesial, el Evangelio encarnado en la historia nos alimenta y nos exige amorosamente procesos de transformaciones liberadoras.

[1] En ocasión de la audiencia en el 70º aniversario de la Academia, fundada en 1949 por los Padres Redentoristas y dedicada a su fundador, San Alfonso María de Liguori, el Papa Francisco en su discurso invita a las teólogas y a los teólogos a mirar hacia adelante, rediseñando y renovando la propia misión de una manera “sabia y valiente”, para responder mejor a las expectativas del pueblo de Dios.

[2] Idem.