El transhumanismo[1] es una cuestión de mucha actualidad porque está configurando la realidad en la que vivimos. Nos sentimos en un mundo lleno de posibilidades por los logros que alcanzamos, pero también, con incertidumbre sobre los resultados definitivos, el futuro que nos espera y lo que se juega en estas transformaciones desde el punto de vista ético.
Aproximándonos al transhumanismo
Transhumanismo es el ser humano que va más allá, buscando superarse a sí mismo. Un aspecto central es el concepto de autonomía como principio absoluto. Cada individuo puede decidir que tecnologías aplicarse (libertad morfológica) e incluso cuáles utilizar para tener hijos (libertad reproductiva). Esto llevaría a lo posthumano que sería un ser con capacidades radicalmente superiores a las que hoy caracterizan al ser humano. Los transhumanistas proponen también, la aplicación del concepto de persona a máquinas inteligentes (cyborgs, silorgs, symborgs) porque afirman que la persona se identifica con su racionalidad y su soporte puede ser algo no biológico. Lo moral es permitir que la inteligencia encuentre el soporte más adecuado para desarrollarse plenamente. Postulan el principio de “proacción”, introducido en el 2004 por Max More en oposición al de “precaución”. Este último aconseja la moderación, el primero anima la búsqueda agresiva de los cambios tecnológicos. Desde esta perspectiva, es necesario el progreso tecnológico porque, de lo contrario, se cree que se pierde libertad y oportunidades. Además, la tecnología se corrige ella misma. La propuesta es desbordar toda frontera, constituyendo así un desafío antropológico y bioético. Es el extremo del homo faber y el homo económicus. Sin poder profundizar más en el transhumanismo por la brevedad de este escrito, formulemos algunas cuestiones desde la perspectiva creyente.
Transhumanismo y fe
La fe no se opone a la ciencia, aunque en el pasado haya tomado una postura de defensa e incluso haya condenado a algunos científicos. En la actualidad ella no es ajena a responder a los desafíos éticos que supone la tecnología moderna. De hecho, el papa León XIV, recién comenzado su pontificado, dijo lo siguiente: “se está produciendo otra revolución industrial en el campo de la inteligencia artificial. Esto planteará nuevos desafíos para la defensa de la dignidad humana, la justicia y el trabajo” desafíos para la defensa de la dignidad, la justicia y el trabajo.
Frente al progreso continuo, desde una perspectiva creyente influye la concepción de Dios creador que se confiesa. Precisamente, la inquisición que condenó a algunos científicos tenía como paradigma la creación realizada y terminada por Dios y contada de manera literal según el libro del Génesis. En la actualidad la fe en la creación no se opone a la ciencia e interpreta los relatos del libro del Génesis, concluyendo que la creación es un proceso continuo que supone también todo el trabajo humano en calidad de cocreadores con Dios.
Esta capacidad humana de cocrear no puede evadir la pregunta ética, la cual es propia del ser humano. Para el caso del transhumanismo, esta pregunta es más vigente que nunca. Por una parte, surge la posibilidad de negar la dimensión trascendente del ser humano al creer que el progreso humano puede solucionar todas las carencias humanas, superar todos los límites biológicos e, incluso, puede crear posibilidades para el ser humano nunca antes pensadas. Se terminaría así, la pregunta del teísmo clásico, sobre la existencia de la limitación humana, incluido el dolor y la muerte y el problema del mal. Algunos incluso imaginan otra vivencia de lo religioso, en estos términos: (1) La adoración a los desarrollos tecnológicos que se considerarán como una realidad superior (2) La salvación como unión con la tecnología (3) El ciborg como ser humano resucitado.
De todo esto surgen algunas preguntas legítimas: ¿Está el ser humano llamado, a través de su tecnología, a tomar parte en la edificación del futuro de la creación? ¿forma parte de nuestro ser creadores la modificación de nuestra naturaleza y de la naturaleza entera, con el encargo de dominio que nos ha dado el génesis? Este desarrollo superior ¿afectan nuestra apertura a Dios? ¿La potencian o dificultan? ¿Es posible un camino de mejoras que destruya la imagen de Dios? ¿Es posible el fracaso de la humanidad querida por Dios? Además, este progreso humano no está exento de la mercantilización de la vida humana, afectando su dignidad y su identidad más profunda.
Con todo lo anterior podemos formular algunos de los desafíos éticos, distinguiendo diferentes niveles de reflexión. Con respecto al mismo ser humano: el trashumanismo ¿puede llevar a la maquinización del ser humano, dejando de ser humano? ¿puede borrar del horizonte la dimensión trascendente? Con respecto a la justicia social: el trashumanismo ¿ahondará más la división entre los que se beneficiarán de sus logros y los que no tendrán acceso? Con respecto a la relación con la creación: si ya sufrimos los estragos de la explotación indiscriminada de la naturaleza ¿no llevará el transhumanismo al agotamiento definitivo de la creación, a su explotación aún más irracional? ¿no llevará el transhiumanismo al agotamiento definitivo de la creación, a su explotación aún más irracional?
Transhumanismo y Bien Humano
Estas preguntas que nos genera la realidad del transhumanismo, las queremos iluminar con la propuesta lonerganiana sobre el bien humano. Para Lonergan, el ser humano es “capaz de conocimiento y acción moral”[2]. El transhumanismo nos habla del ser humano capaz de conocimiento porque, como dice Lonergan, “el alcance, no de su logro, sino de su intencionalidad, es sin restricciones”[3]. Esta primera afirmación nos muestra lo positivo de esa intencionalidad humana de buscar el progreso, la solución a todas las limitaciones, el siempre querer indagar más y generar mayores logros. Pero el ser humano no es solo capaz de conocimiento sino también de acción moral. Y, es este aspecto, el que Lonergan desarrolla con sus reflexiones sobre el bien humano.
Para Lonergan “el bien humano es a la vez individual y social”[4]. Por lo tanto, no bastan las posturas individuales para conseguir un cambio social hacia un mayor bien porque la reflexión social no es independiente de los sujetos particulares. Por eso el esfuerzo por presentar una estructura que involucre ambos aspectos es un requisito indispensable y eso es lo que Lonergan propone al referirse a los individuos con sus potencialidades y actuaciones y a los grupos. A estos últimos se refiere no como mero grupo de personas, sino mucho más: como comunidades en las que se han de compartir experiencias, entendimientos, juicios y decisiones comunes[5]. Y añade un tercer elemento: los fines. En efecto, la articulación indispensable entre lo individual y lo social no puede hacerse sin un fin determinado. No basta que los individuos estén juntos, sino que se requieren fines[6] que orienten la colaboración humana y la hagan posible.
Esto significa que no basta trabajar por el desarrollo interior y la bondad individual. Sin duda, esto es indispensable, pero se ha de trabajar simultáneamente la propia autenticidad en el contexto del dinamismo social. Los grupos y las instituciones -con sus fines y tareas- no son ajenas de una revisión profunda que ayude a discernir los valores terminales que las orientan. Y estos valores son los que en definitiva determinan hacia dónde queremos dirigir nuestra acción.
En el transhumanismo, si quiere ser ético, han de articularse los bienes individuales con los bienes grupales y mantener la primacía de los valores terminales para orientar estos desarrollos.
El transhumanismo supone un ejercicio de la libertad que apueste por el progreso y el desarrollo tecnológico sin olvidar que los valores de la dignidad humana no se negocian, en ninguna circunstancia.
Con respecto a las instituciones no es suficiente la inteligencia práctica que responde a la organización social, a la tecnología, la economía o la política, sino que la intersubjetividad, constituye un factor determinante. Si el bien humano no está sostenido por una comunidad que comparte experiencias, entendimientos, juicios y decisiones comunes, no hay vía posible de lograr caminar hacia una misma dirección.
Conclusión
El bien humano es “algo concreto” que se realiza o no dependiendo de los individuos, del entramado social y de los fines que se pretenden. Por parte de los individuos, es indispensable la autenticidad personal revisando los valores que han de guiar nuestro ser y quehacer. Han de privilegiarse los valores que defienden los derechos humanos, los que piensan en el bienestar de la mayoría y, desde un punto de vista cristiano, los que se inclinan por los más desfavorecidos, compartiendo la suerte y destino de los más pobres. Más aún, se ha de procurar que sujetos e instituciones miren la realidad desde el “sentir con el otro, desde las entrañas de misericordia”[7] (valores originantes), para que se dé, como consecuencia, valores terminales que apuesten por el bien y la bondad en contextos de desarrollo científico como los que hoy vivimos.
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[1] Muy cercano al transhumanismo está el posthumanismo que supondría esa nueva humanidad, una vez superados los límites biológicos actuales. No nos vamos a referir a este fenómeno por considerarlo, todavía, una realización muy lejana.
[2] Lonergan, B. Método en Teología, Salamanca: Sígueme, 4° ed., 2006, p. 10
[3] Lonergan, Método, p. 105
[4] Lonergan, Método, 52
[5] Lonergan, Método, p. 55
[6] La importancia de este tercer elemento –los fines- puede verse en el artículo de Cynthia S. W, Crysdale, en que propone estos como punto de partida, para articular los términos y relaciones del bien humano. Crysdale, C. “Kohlberg and Lonergan. Foundational Issues in Justice Reasoning” in Eglise et Théologie 22/3 (1991): 337-357.
[7] Cfr. Sobrino, Jon, El principio misericordia. Bajar de la cruz a los pueblos crucificados, Santander: Sal Terrae, 1992.